No espiritualicemos las injusticias


El ser humano vive constantemente en una dualidad crítica. A veces en una dualidad entre el bien y el mal, entre los asuntos de la personalidad o los asuntos del alma. Las crisis en el camino de la vida son constantes, así como los obstáculos que van surgiendo en ese caminar. Vivimos siempre en una relación de opuestos, igual que ocurre en la propia naturaleza. Lo vemos en los ciclos, en momentos de luz y de oscuridad, día y noche, invierno y verano, frío y calor. Es como vivir en este mundo, sin ser de él.

En esa dualidad constante, ciertas corrientes espirituales de hoy día pretenden dulcificar algunos actos malévolos disculpando a todo tipo de agresiones diciendo eso de que “es la ley del espejo”, “el karma” o “quien te hace mal se convierte en tu maestro”. Realmente no es así. Hay gente peligrosa, personas que hacen daño gratuitamente, estafadores, ladrones, agresores, gente mala. No podemos dulcificar según qué cosas solo por el hecho de que tengamos una visión aparentemente espiritual. No es espiritual que intenten sobornarte, que golpeen tu vida y destruyan todo lo que tienes y se vayan de rositas. Hay que llamar a las cosas por su nombre, y si alguien pretende hacerte daño de forma gratuita, defenderte como puedas.

Recuerdo varios capítulos desastrosos de mi vida que acabaron mal porque fueron dirigidos, orquestados y empujados desde la rabia, la melancolía o el orgullo. El dejarnos arrastrar por los impulsos incontrolados más primarios nos pueden ocasionar agravios imposibles de arreglar, y convertirnos, sin darnos cuenta, en malhechores para otros, o en fáciles víctimas a las que atropellar, engañar y estafar. A veces somos culpables y a veces somos víctimas, y en ambas situaciones, debemos asumir la responsabilidad de nuestros actos y denunciar abiertamente la de los otros. Cuando se obra mal hay tomar consciencia de ello, pedir perdón y reponer los daños.

Por encima y alrededor de este cerebro primitivo, la naturaleza ha formado gradualmente otros tres cerebros: el cerebro “mamífero antiguo” o emocional-cognitivo, sede de nuestra inteligencia emocional; el neo-córtex, con su destreza para el pensamiento complejo y creativo; y los lóbulos prefrontales, con su función general de armonización e integración y su evidente y profunda imbricación con el campo electromagnético del corazón. Juntos, los cuatro cerebros componen una mente humana capaz de una gran variedad de respuestas creativas y adaptativas, incluida la capacidad de recibir lo que podría expresarse como una orientación espiritual.

Pero más allá de esa percepción, debemos recordar que debajo de esa sutil capa existe aún nuestros cerebros más primitivos. Las capas y fuerzas sociabilizadoras aportan moral, justicia, ley y demás cosas que impiden que el mal se propague gratuitamente, o al menos en mayor medida. Hay aún personas que se dejan llevar por su cerebro primitivo, sin tener en cuenta el dolor ajeno. No las espiritualicemos con mensajes confusos. Seamos justos en todo momento, con nosotros y con los demás, sin mayores matices. Ante las injusticias de todo tipo, debemos afanarnos en responder conscientemente ante ellas.

 

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