La servidumbre tranquila


Viajas por un asunto profano. Del septentrión al mediodía. Un viaje largo y pesado, pero necesario para que algo se mueva. Los viajes siempre zarandean algo, dentro y fuera. Las cosas se colocan, se renuevan, se transforman. Eso ocurrió de forma extraña. Los astros se conjugan, la vida se alinea y algo pasa de repente.

De nuevo la caballería antigua se resiste y decido, en un acto de psicomagia empujado por la necesidad, cambiar de carruaje, tras casi veinte años de servicio y más de un millón de kms de mi viejo amigo. Misión cumplida. Miro como hacerlo en un tiempo récord y actúo, a pesar de las pruebas, que siempre las hay cuando te empeñas en caminar firme hacia un destino.

Todo sale bien y de repente me encuentro con un carruaje excesivamente grande para mi gusto, pero necesario para la causa, sobre todo para estos terrenos difíciles, a veces llenos de nieve y a veces intransitables. Pruebo el nuevo coche, negocio el precio, hacemos la transferencia y mientras me daban las llaves, recibo la noticia de que me han dado la beca que solicité para escribir un libro en América. Todo al mismo tiempo.

Como si algún tipo de mensaje oculto hubiera tras la gesta, siento cierta alegría al mismo tiempo que extrañeza, tan poco acostumbrado a recibir buenas noticias en estos tiempos. Es una alegría contenida porque afecta al pequeño yo, al ego. Enseguida sale el síndrome del impostor, como si de alguna manera sintiera que no merezco dichos premios. Luego reflexiono y pienso que quizás estoy recolectando algún tipo de néctar, y que mejor disfrutar de todo mientras dure.

En todo caso, siento una especie de servidumbre tranquila, sin aspavientos, serenidad, paz interior. Me entrego a la vida, juego con sus elementos, entiendo que debe existir algún tipo de alineamiento astrológico especial y aprovecho la buena suerte para seguir adelante.

La beca del Ministerio de Cultura está dotada de diez mil euros y se da a escritores para que durante dos meses, y en cualquier lugar del mundo, puedan escribir un libro. Intenté buscar un espónsor en Alejandría que no contestó. Luego solicité en una universidad de Bolivia y tampoco surgió. Al final se vio algo de luz en Nueva York. La idea de Nueva York era, aprovechando que nos habían otorgado un premio nacional a la mejor edición de un libro emblemático, realizar allí algún tipo de escritura que siguiera las pistas de aquel escritor de antaño.

Eso en lo formal, pero lo que realmente me pide el cuerpo es hacer eso, pero también aprovechar ese dinero para conocer antropológicamente hablando las entrañas y profundidades de ese gran país. Alquilar algún coche, como en otro tiempo ya hice, y viajar por la América profunda, conociendo a los cuáqueros, a los sioux, a los amish, a los cherokee, los menonitas o los apache. Diez mil euros pueden dar para muchos más libros, estrujar en esa aventura más elixires, aprovechando esa beca para saciar mi necesidad de aprender, de escribir, de viajar. Un premio merecido quizás tras más de siete años de constante sacrificio, entrega y devota pasión hacia lo inefable. En todo caso, se presenta una nueva vida por delante, y veremos cómo se puede vivir de forma intensa.

Ahora que ya llegué a la pequeña cabaña, a los espesos bosques otoñales, tras este nuevo periplo, me siento satisfecho por la servidumbre tranquila y por la agitación inevitable que todo viaje conlleva.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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