ATRAPADOS EN EL CASINO DE LOS POBRES


Desde el majestuoso castillo de Peñas Negras no se podía ver las diferencias entre ricos y pobres. Sin embargo, en un tiempo muy remoto y absurdo, esas diferencias existían. El Casino de los Pobres es un lugar emblemático en las profundidades de Mora, un espacio que se creó en 1856 como mutua de ayuda y lugar de recreo y encuentro. Aquí se sanaban a los pobres, y ahora, de alguna manera, sana a las almas que buscan un lugar de ocio, de descanso, de distensión. Entre las columnas rojas de hierro fundido, junto al billar, el olor a alpechín y aceite recién prensado inunda el gran salón. En el casino de los pobres se respira un aire de riqueza interior, de paz, de tranquilidad, y fue por ello que pensamos que sería un buen lugar para trabajar en nuestro próximo libro.

El proceso competitivo entre el Casino de los Pobres y el Casino de los Ricos es muy simple. El Casino de los Pobres, también conocido como la Sociedad Protectora, tiene un billar. Además, según Antonio, el simpático camarero que atiende la barra de la Sociedad Protectora desde los siete años, tienen pensado ampliar y poner algunos futbolines. Cuando preguntamos cuántos socios tenían y nos dijeron que más de mil, a veinte euros por socio, no podíamos entender bien el sistema de negocio. Pagar 20 euros al mes para jugar una partida de billar no tiene aparentemente mucho sentido, ni siquiera aún con la esperanza de la futura ampliación con uno o dos futbolines. Nos pasamos toda la mañana trabajando en el libro mientras observamos el cúmulo de jubilados que pasaban por allí sin consumir nada, hasta que en un momento de inspiración, dimos con la clave.

Puedes estar en el bar del Casino el tiempo que quieras como socio, echar una partida y ahorrarte el consumo. A un euro mínimo de consumo por algún café o alguna copa, supone un ahorro casi de diez euros al mes en consumiciones. A cambio, el Casino de los Pobres se garantiza una entrada fija de veinte mil euros al mes sin gasto alguno. Toda una proeza de ingeniería económica para un pueblo de no más de diez mil habitantes. Uno de cada diez morachos son socios del Casino de los Pobres.

¿Y el resto? Por la tarde sentíamos mucha curiosidad y decidimos ir al Casino de los Ricos para continuar con nuestra labor editorial. Lugar donde antiguamente anidaban las personas pudientes del pueblo, por supuesto, un lugar con derecho de admisión. El antiguo «Círculo de la Concordia» creaba tertulias entre las clases acomodadas, hasta que los avatares históricos de nuestro país provocasen que a principios de los años 30, el número de socios disminuyera, perdiendo una cuarta parte de sus miembros participando en su declive final. En aquellos tiempos de antaño, los campesinos y albañiles no podían entrar. Sus plazas estaban reservadas para la exclusividad de la época. Queríamos comprobar, empujados por una curiosidad antropológica, qué había pasado con su historia presente. Lo que había ocurrido es que su majestuoso edificio se había convertido en un paradójico mercadillo con algunos puestos de pescado y verduras y su emblemático bar, ahora regentado por unos chilenos, estuviera cerrado.

Esto nos hizo pensar mucho sobre la pobreza y la riqueza, sobre las condiciones sociales y sobre cómo el estado del bienestar había diluido de alguna manera esas hasta entonces irreconciliables brechas sociales. Ahora un albañil o un agricultor podría entrar perfectamente al bar regentado por los chilenos, antes tan exclusivo, y los pudientes mandamases del pueblo podían, a su vez, pasar una tarde jugando al billar en el Casino de los Pobres.

No sabemos si la inclusión de los futuros futbolines hará, como nos decía Antonio, que los nietos se asocien al Casino. Lo que sí es seguro es que, si bien el billar pudiera atraer ciertos ademanes sociales entre los más pudientes, no soportarían la idea de ir a un lugar donde se jugara a algo tan vulgar como es el futbolín. Si el único billar del pueblo creaba distinción incluso entre los pobres, el futbolín, sin duda alguna, hará rebajar considerablemente las visitas de los antiguos habitantes del Casino de los Ricos, ese que ahora solo alberga alguna pescadería, carnicería y verdulería en lo que antes fue el lecho natural de la riqueza local.

Si miramos esta anécdota con visión amplia, nos damos cuenta de que en el mundo también existe un Casino de los Ricos y un Casino de los Pobres, e intuyo, positiva y optimistamente, que al final de los tiempos el Casino que triunfará será el de los Pobres. Y eso ocurrirá porque los pobres, en su miseria, habrán comprendido que la única forma de vencer a los avatares de todos los tiempos es mediante el socorro y la ayuda mutua, algo que los ricos, en su mayoría, olvidaron. Serán en el futuro los ricos los que tendrán que ir al Casino de los Pobres a jugar al billar, y quien sabe si sus propios nietos, inclusive a alguna partida de futbolín.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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