Todos los Caminos del mundo


“No hay nada en este mundo que no se pueda sustituir por algo diferente; que los sonidos y los colores están intercambiándose interminablemente, como el aire que respiramos y la vida que nos da; que nunca nada está aislado o perdido; que todo procede de Dios y vuelve a Dios a través de todos los caminos del mundo”. Jacques Lusseyran

 

Me acabo de dar cuenta que he sustituido las complejas relaciones de pareja por la compañía silenciosa de Meiga, mi fiel amiga gatuna. Ella se mete en la cama, runrunea un rato, se acuesta a dormir y así hasta el día siguiente. Sin hacer ruido, sin molestar, sin exigir, sin manipular (excepto cuando tiene hambre, claro). De alguna manera puedo entender esas relaciones estrechas que muchas personas, ante la irremediable soledad, entablan con sus mascotas. Son como parejas, pero sin los problemas de las parejas.

En el fondo es algo triste, porque el ser humano aún no ha conseguido la madurez suficiente para relacionarse con sus prójimos de forma madura, amorosa, desapegada, justa, cariñosa, generosa, traspirable. Observo mi gran cama aquí en medio de mi pequeña cabaña y noto esa nostalgia de otros tiempos cuando ella llegó con la esperanza de que albergara a más vida, más allá de la mía. Una cama grande para que pudiera ser compartida con otro cuerpo, con otro yo que se extendiera dos palmos más allá de mí, o mejor aún, que se fusionara en esa postura tan irreverente como lo es el de la cucharita en una noche fría  de invierno.

Ahora que ya superé ese deseo y esa nostalgia, seguramente cambiaré de cama. Buscaré una pequeña, austera, donde pueda dormir yo, dejando algún hueco para la peluda gata, que en invierno busca el calor de la franela de mis sábanas y en verano campa salvaje a sus anchas por el angosto bosque. Una cama más pequeña hará que la cabaña parezca más grande. Aunque, lo cierto es que me gustaría vaciar toda la cabaña de cosas. No es que tenga muchas cosas, pero a veces siento que me sobra de todo. Ya hice un vaciado este verano, y casi todos los veranos pasados me he ido desapegando de algo.

Primero fue esa lámpara que me acompañó, por su valía, durante muchas mudanzas. Luego ese hermoso baúl que también sobrevivió a cientos de avatares. Recuerdos, ropa, de todo un poco. Hoy había un chico que estaba pasando frío en la casa de acogida y le regalé parte de mi vestuario de invierno. Haría lo mismo con todo hasta quedarme con lo justo. Necesito poco y de lo poco que necesito, necesito poco, como diría aquel gran maestro de la sencillez.

Sentir que la cama que poseo es muy grande es como sentir que ya ni siquiera albergo ese deseo de tener pareja. Prácticamente ya casi no deseo nada. En los tiempos de Buda, la gente en la India sabía que la miseria (dukkha), es causada por el deseo y la aversión (taṇhā). De alguna manera habían llegado al conocimiento de saber que si no hay deseo, la miseria desaparece. Y sabían que practicar la honestidad (sīla), un elevado estado de consciencia (samādhi) y el discernimiento (paññā) es la manera más eficaz de erradicar el deseo y, por lo tanto, erradicar la miseria.

Esto es muy importante en la vida de cualquier persona. Para los budistas, pero también para la ascética de cualquier religión, incluida la cristiana, el deseo es el fruto de todas nuestras miserias. Por eso ahora que cada vez siento menos deseos, me siento de alguna manera más centrado, más tranquilo, con más ganas de ser útil aquí en la tierra. Es como si de repente sintieras, quizás por la edad, que has recorrido todos los caminos del mundo, que has llegado a Roma en tu peregrinaje vital, y ahora solo te apetece volver a la simplicidad, decrecer en todo y con todo y sumergirte en la paz que el discernimiento, la consciencia y la honestidad te ofrece. La contemplación de la vida, actuando en ella, sin forzarla, solo observando el momento presente y atrayendo sobre ti toda la vasta experiencia espiritual. Poco más. Nada más. Si acaso, ser útil, ser mejor, Ser. 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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