La plaza


Vestir disimuladamente es esencial para ir a la plaza y no llamar la atención. No puedes quedarte en medio si deseas volverte invisible. Lo mejor es sentarte en una terraza, o en algún portal que pudiera sostenerte sin necesidad de muchos aspavientos. Las plazas es un fenómeno de la cultura europea casi inexistentes en el resto del mundo. Ir a la plaza es codearte con una esencia milenaria, de intercambios, de mercados, de olores, de seres que deambulan disimuladamente, errantes, hacia ninguna parte. Ir a la plaza es un acto de libertad disimulada tras un café matutino o una merecida merienda.
En la plaza encuentras a vagos y maleantes haciendo trapicheos. A yonquis intercambiando mercancía, pero también a gente elegante, adinerada, a jubilados y niños corriendo, a palomas y gorriones, aunque cada vez menos.

Algunas plazas tienen estanques o fuentes o la figura de algún insigne hijo de la villa. Son salones urbanos donde se atraviesa lo mejor de cada lugar. La plaza es el escenario vivo de la vida comunitaria, el decorado de un pueblo o una ciudad que grita vida. Resulta ser un lugar fantasioso, donde uno puede enamorarse de algún peregrino extranjero, o donde puede dejar llevarse por todo tipo de fantasías nocturnas. Algunas plazas tienen claros signos de poder político y religioso. Alguna iglesia, algún ayuntamiento, son edificios relevantes en las plazas. También el mercado o los lugares donde los estraperlos comparan sus valijas.

Las plazas del sur, siempre alegres y divertidas, son diferentes a las del norte, húmedas y sobrias. El sol y la luz de las blancas plazas del mediodía contrasta con el musgo y la niebla de las del septentrión, todas de piedra y pórticos que ayudan a refugiarse de la lluvia. Casi todas ellas, sean de donde sean, guardan algo en común: son lugares de paseo y reposo, de encuentros y algarabía, de celebración e intercambio. Puedes cruzarte con místicos o ateos, con ricos o pobres, con amigos y enemigos al mismo tiempo. Es un lugar de encuentro, de abrazo, de regocijo y gozo. ¡Quedamos en la plaza! Se grita a menudo.

Hoy paseaba por una de esas plazas. Me di cuenta de lo fascinante que resulta ser una persona anónima, observante, divagante, engullida por la ignota presencia de decenas de congéneres, cada uno con su trajín, con su retahíla, con su melodía, con su aura. Hoy he disfrutado de la plaza como nunca antes lo había hecho. Compré unas ligeras golosinas, me senté en un banco, hablé con algunos amigos, merodeaba en las energías que iban y venían y observaba atento cada detalle. Los edificios antiguos, siempre tan elegantes, en contraste con la modernidad, siempre tan parca y frugal. Sentí una emoción especial, algo burguesa por tener la oportunidad de disponer del tiempo a mi antojo. Me sentí rey por un instante, rey de la plaza, de la gran plaza tan llena de vida, allí comiendo una merienda infantil, alegre y feliz.

También sentí cierta angustia cuando vi a una señora ya mayor, solitaria, igual de observante, pero triste. De esas tristezas difíciles de desentrañar, en un atardecer vital que acompañaba a las pocas horas de sol que ya no quedaban. Había una sensación de ocaso en su mirada, de adiós, de abrazo al misterio. Miraba a unos y a otros refugiada tras una misericorde mascarilla, como despidiéndose de la vida, del mundo, de la plaza. Las plazas también son eso, un lugar de despedida. Un lugar que te abraza durante un instante para dejarte ir. Las plazas son como un útero que te acoge y que te expulsa, tras el sueño revelador, hacia otro mundo. Un día de estos, cuando menos lo esperemos, estaremos ahí sentados, en un banco, junto a la fuente o la estatua, mirando a unos y a otros, en nuestro ocaso, transitando, sosteniendo, vestidos disimuladamente, para no llamar la atención, comiendo golosinas infantiles, mientras decimos adiós.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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