Metaverso y los mundos espejos


“Una de las cosas que realmente quería construir era básicamente la sensación de una Internet encarnada en la que podías estar en el entorno y teletransportarte a diferentes lugares y estar con amigos”. Mark Zuckerberg

Ready Player One es una película de ciencia ficción dirigida en 2018 por Steven Spielberg. La historia narra la vida de Wade Owen Watts, un jugador de videojuegos que en el año 2045, casi como ocurre en nuestros días, prefiere vivir en el metauniverso de realidad virtual OASIS, antes que hacerlo en el cada vez más extraño mundo real.

Mark Zuckerberg, el presidente de Facebook, es un visionario del futuro, o ha visto muchas películas como la referida. Con ideas y con dinero se pueden mover mundos, y eso es lo que pretende en su próxima apuesta, denominada metaverso, un entorno virtual que podría ser una nueva generación de Internet. Los usuarios activos mensuales de Mark superan los 2.910 millones. Es un gran comienzo para experimentar con lo que será un nuevo mundo.

Una realidad paralela, un mundo virtual, una distopía. Lo cierto es que desde el año dos mil, y en menos de veinte años, parte de la producción mundial se ha vertido no en cosas sino en experiencias. Desde ese hartazgo del materialismo consumista, de tener de todo, estamos pasando a la transición de consumir experiencias. Muy pronto, como en la película Ella (Her), nuestras relaciones perfectas serán en ese Metaverso. Haremos el amor con programas informáticos, y nuestras relaciones más exitosas serán con bits y datos.

De alguna manera ya estamos transitando hacia eso, inclusive en el trabajo con la “oficina infinita”, llamada ahora teletrabajo. Las relaciones más fantasiosas salen de redes sociales, donde pasamos parte de nuestra vida. Allí vemos cómo está el “patio”, asomamos la cabeza, curioseamos como la vieja del visillo alguna novedad, fisgoneamos y de vez en cuando, sin mayor exageración, intentamos algún encuentro en el mundo real. Pero ese mundo real se ha vuelto decepcionante en comparación a las fantasías que va sumando adeptos del mundo virtual. Zuckerberg sabe que el ser humano siempre se ha movido por ese tipo de impulsos sociales, y sabe que las relaciones sociales virtuales son más adictivas en cuanto podemos administrarlas sin mucho riesgo a nuestro antojo.

Por eso lo que viene ahora es un giro revolucionario hacia una inmersión total en el mundo digital. No creo que ese metaverso que está imaginando Zuckerberg se desarrolle tras unas gafas virtuales. Estoy convencido que en el futuro tendremos una habitación azul o verde, como las que tienen ahora los platós de televisión, y en esa habitación, en 3D, viviremos una vida paralela donde trabajaremos de forma virtual con sentido de espacio y proximidad, iremos a comprar, quedaremos con los amigos para echar una partida de lo que sea o tendremos relaciones sexuales a distancia, quizás con algún tipo de objeto que será poseído por el avatar de turno. Un mundo de fantasía donde no tendremos que dar muchas explicaciones, ni reñir, ni enfadarnos, ni superar ningún tipo de prueba. Un mundo donde comprar y vender experiencias. Un mundo del cual ya nunca podremos salir, como en Matrix, porque llegará un momento en el que la confusión nos llevará a una total anulación del mundo real.

De aquí a veinte o cuarenta años, si la catástrofe que anuncia la ONU no se precipita antes, habrá una población que vivirá única y exclusivamente en el mundo virtual de esa habitación verde, un mundo espejo que intentará imitar al real, pero sin sus inconvenientes. Y habrá una pequeña minoría, una subcultura paralela, que habrá huido a los bosques, a los campos y a las montañas para volver a empezar de nuevo en el mundo real. Una minoría mal vista e ignorada, un anacronismo del pasado.

La pregunta de ese tiempo no muy lejano será, ¿qué es realmente lo real? Y lo más importante, ¿qué pasará con la libertad? En verdad, el gobierno de ese lugar estará en manos de corporaciones que tal y como ahora hacen, si no estás dentro del discurso hegemónico, te eliminan. Cualquier tipo de disidencia, crítica o pensar divergente será anulado. Lo hemos visto con la crisis del Covid, como eran censurados y eliminados canales, personas o ideas que no aceptaran el discurso oficial, tachándola “oficialmente” como “información errónea”.

Será, sin darnos cuenta, un mundo nuevo de esclavos digitales dirigidos hacia un atontamiento sin lugar ni espacio para la crítica, para la opinión o para la divergencia. Un mundo de corderos degollados por la realidad virtual, con un aparente sentido de presencia siempre limitado a la obediencia y la no crítica. Un espacio persistente y sincrónico en el que podemos estar juntos, según nos dice amablemente Zuckerberg. A lo que habría que añadir: aparentemente. Un mundo feliz de mentira donde viviremos una vida irreal, alejada de lo esencial que somos. Un mundo en el que solo seremos datos, una base de datos que alguien comprará y venderá al mejor precio. Una especie de esclavitud encubierta de la que no podremos salir.

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