La elección de una vía


© Kalle Saarikko

En la lejana tundra del rezo. En el pequeño vergel del japa. En las olas oceánicas de cualquier meditación. Allí se encuentra la vía, el camino, el sendero. La gnosis verdadera es una perpetua desnudez. Uno se desnuda en el bosque, danzando entre el fango, entre la hojarasca seca, a los pies del roble. Uno se desnuda también en la columna vertebral de las montañas, simplificando la oración del día a un pequeño recital cotidiano, en una oda que nos recuerda al hogar.

En el llano retumba aún el eco de la saciada brisa. Los rostros callados, mirando fijamente el sol en su resplandor inmediato, cortejando con sonrisas y bailes las promesas del mañana, suspirando entre frases incompletas, esas que gustan tanto a poetas y desdichados artistas.

Uno puede invocar al conocimiento o la devoción. Puede creerse un poco más jnâna o más bhakti, hasta que un día, en la penumbra de una noche cualquiera, sintetiza, integra y absorbe ambas vías. El dualismo desaparece y nace la síntesis. No hay gnosis posible sin belleza. No hay una vía única, sino la posibilidad de integrar todas las vías.

Ocurre en toda nuestra vida. Podemos navegar por la vía del egoísmo o por la vía de la entrega. Podemos dilucidar si viajamos en soledad o en pacífica compañía. No hay amor mejor ni peor, solo oportunidades de expresar amor. Somos majestades cuando imprimimos amor a las cosas. Inclusive amor a nosotros mismos, que somos la morada del alma, de lo supremo. Amarnos a nosotros mismos es cultivar un templo sagrado para que se manifieste nuestro ser esencial. Cuando esto ocurre por la propia belleza de lo que somos, descubrimos entonces que ese ser esencial es síntesis, la síntesis de todos los seres, la unión total con todos y todo.

Por eso la vía gnóstica nos lleva irremediablemente hacia el otro, que es la parte reveladora, la parte más pura y simplificada de lo que somos. En la shanga, en el asrham, en la comunidad, en el amor hacia aquello que nos traspasa y nos penetra, nos revelamos. Porque existimos deberíamos regirnos constantemente hacia una invocación, hacia una interrogación constante. Deberíamos buscar aliento, respuestas y sobre todo, formas de hacer el bien. Lo esencial de todo se encuentra en el vergel espiritual. Y ese vergel consiste en vivir la vida desde la belleza, navegar por ella con sabiduría y empujarla siempre con buena voluntad al bien.

La elección de una vía debería ir siempre precedida por una profunda meditación. Por un deseo que pudiera ser fruto de una insondable intuición, más allá de la protodialéctica que nos conduce en el devenir diario. Debería existir un estado contemplativo que nos permitiera ver. Ver lo que somos, lo que realmente somos, y no lo que creemos que somos. Ver más allá de nuestra apariencia, de nuestros estados de ánimo fluctuantes, de nuestras emociones lunáticas o nuestros pensamientos radiactivos.

La vida es como una copa siempre llena y rebosante. Sus diez mil cosas nos distraen y nos alejan de la vía por la que deberíamos transitar. La vía de la sencillez, de la humildad, del amor infinito hacia lo más cotidiano. Lo sagrado se oculta en esa sencillez. Lo profundo se enraíza entre lo ordinario, sin que sepamos verlo. Vencer la pasividad y el deseo, saltar por los aires del conocimiento y enraizarnos en lo perenne supone avanzar hacia la vía. El discernimiento entre lo Real y lo ilusorio es la esencia de toda vía. Estamos llamados a la unión con lo Real, a nuestra conformidad sobre lo que realmente somos. Debemos saber en todo momento a qué hemos sido llamados, y caminar por esa irremediable senda que conduce hacia la síntesis, hacia el otro irremediable, hacia el nosotros, hacia el Uno Real. Esa es la vía.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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