Lo que vio el poeta al anochecer


“No era la realidad de un hombre, sino la realidad del amor la que aparecía posible y esplendorosa ante sus ojos“… Jacinto Octavio Picón

Catalina, la vecina del primero, siempre nos hablaba con añoranza de su amado El Puerto de Santa María, la conocida como ciudad de los cien palacios, en la Costa de la Luz. De pequeño recuerdo las historias que contaba, imaginándome viajando a esos remotos lugares del sur para conocer a viva voz esos relatos. Me imaginaba las casas blancas junto al mar, rodeadas de olores inimaginables, de pescadores, de poetas, de soñadores. El Puerto de Santa María siempre había quedado dentro de mi propio relato infantil como algún lugar al que ir algún día.

Ayer pude hacer realidad ese pequeño sueño infantil aprovechando estos días de trabajo por el sur. Cuando vivía en Andalucía, Cádiz y sus playas remotas siempre se llevaban todo el protagonismo. Desde el otro lado de la bahía podía ver la soñada El Puerto de Santa María. Todos me decían que con el tiempo la bahía había caído en cierta decadencia, y que no merecía ser visitada. Sin embargo, desde el otro lado del mar, miraba siempre melancólico ante la posibilidad de algún día poder pasear por sus calles.

Ese día llegó ayer. En el mayor de los sures, bajo el crepúsculo de un sol otoñal, en el mediodía más cercano al mar, los pinares verdosos flotaban entre las brumas de un calor aún veraniego, mezclándose sus sombras entre carrascos y sabinas, retamas y lentiscos, acebuches y brezos de mar. Las campiñas de alrededor hervían vacías ya de trigo cortado y las casas blancas, aún en su estado de decadencia, parecían relucir como blanca paloma en el cielo.

En las tórridas calles, ya a la fresca, se veían parejas de enamorados deambular sin rumbo, parando algunos a tomar una tapita, una manzanilla o cualquier cosa que pudiera detener el paso del tiempo. El castillo de San Marcos presume de historia. Encierra dentro de sí una antigua mezquita de la cual aún guarda algunos restos, como la mihrab. Me quedé mirando sus paredes coralinas, su historia remota impregnada en el éter de cada una de sus piedras.

En la caleta del Agua, pasado Puerto Sherry por el paseo de la Bahía, llegas a la playa de la Muralla. Allí nos sentamos junto al mar en la Blanca Paloma, disfrutando de las vistas, viendo cómo los grandes buques salen hacia el océano y como en el ocaso del sol, se pueden ver al fondo las aves que viajan a África. Me tomé esa tarde como un paseo veraniego, de esos que este año no he tenido. Como si estuviera de vacaciones, aunque por el día la editorial demandara sus quehaceres y las tardes no sean más que remansos de más trabajo.

Me imaginaba al poeta Alberti paseando por estos lugares y observando todo aquello que uno puede ver con la mirada nostálgica de la edad cuando miras un anochecer junto al mar. Esa tímida fascinación que uno puede sentir por esos momentos en los que pierdes la mirada hacia el infinito, ese lugar que cobra vida entre la línea imaginaria que separa el cielo, del mar. Allí, rebosante de vida, se hundía el Sol, alumbrando con sus restos las aguas tranquilas de la bahía. Ese deslizar es furtivo y misterio, melancólico para aquellos que tuvieron que abandonar sus tierras de origen, como nuestra Catalina, la vecina del primero, que cambió estos majestuosos crepúsculos por el asfalto gris y triste de una gran ciudad. Siento tristeza, mucha tristeza, por aquellos emigrantes que abandonaron por necesidad sus lugares de origen y terminaron en el olvido de la muchedumbre, del asfalto, de la pobreza que uno atesora cuando te separas de lo esencial. Emigrar por necesidad es uno de los males de nuestro tiempo. Te arrebata la vida, te encarcela para siempre lejos de tus atardeceres.

Esta mañana fui a comprar algunas viandas y me paré a tomar un desayuno en la terraza de una gran plaza jerezana soleada y limpia. Lo hice porque es algo que nunca hago, y al ver tanta vida en aquella plaza, me invitó a sentarme, observar y recordar el ocaso de anoche. La filosofía, el pensamiento, la espiritualidad, no tendrían sentido si no fuera por el cúmulo de vida que derrochamos, por las experiencias que podemos disfrutar en un pequeño paseo, en una pequeña plaza, en los albores de una vida ya completa y cuyo significado solo puede ser descrito junto al mar.

Lo que vio el poeta al anochecer, como en el cuento de amor de Herman Hesse, no es tan solo un alarido del alma, sino la victoria de la vida sobre la muerte. El sol, que ayer perecía dando paso a la noche, volvió a renacer por la mañana. Los naufragios y las despedidas de la madurez tienen su recompensa en la acariciada visión del esplendor. El aplomo de los finales es la señal inequívoca de que la vida ha sido vivida. Los surcos de la frente y las mejillas, las manos agrietadas y temblorosas, el caminar lento pero seguro y la mirada… la mirada siempre fija en el mar… Solo hay que cambiar el placer por la música y la sensualidad por la plegaria, como decía Hesse, para darnos cuenta de todo aquello que un poeta puede ver. La realidad del amor, de cualquier amor, es la que aparece siempre posible y esplendorosa ante nuestros ojos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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