Equinoccio. Encontrando nuevos caminos


«A todos nosotros diremos: es necesario, necesario, necesario, encontrar nuevos caminos». Infinito, Vol. II, #84

“Aquél que vuelve su rostro hacia la luz y permanece dentro de su esplendor queda cegado para los asuntos del mundo de los humanos; penetra en el Sendero Iluminado que lleva hacia el Gran Centro de Absorción. Pero aquél que siente la necesidad de adentrarse en ese sendero, pero, sin embargo, ama a su hermano que se encuentra en el sendero oscurecido, gira sobre el pedestal de la luz y se vuelve en dirección opuesta. Vuelve su rostro hacia la oscuridad y, entonces, los siete puntos de la luz dentro de sí mismo transmiten la luz que irradia hacia el exterior y, he aquí que los rostros de los que huellan el sendero oscurecido reciben esa luz. Para ellos ya el camino no está tan oscuro. Detrás de los guerreros, entre la luz y la oscuridad, resplandece…”

Estas palabras recitadas en la luna nueva siempre conmueven. Nos sugiere la oscuridad en la que vivimos, y nos alienta a renunciar a nuestro propio sendero iluminado, a girar sobre el pedestal, volviendo nuestros pasos en dirección opuesta a la luz. Para eso hay que ser un guerrero entrenado, hábil y curtido en mil batallas. Perder el miedo a la renuncia, a la pérdida. Esto no se comprende del todo bien. La personalidad se agita cuando algo de luz le roza. En la oscuridad se está bien. La ceguera nos protege, nos proyecta hacia un entorno cómodo. Pero la luz nos revuelve, nos marca para siempre. Lo más conmovedor es renunciar a la luz, cuando ya se ha abrazado, para volver a la inerte oscuridad.

Equinoccio. Las hojas caen. Los pensamientos se retraen detrás de los párpados. Hay un colapso de la luz. El sendero de retorno se agrieta. Resplandecer en momentos de oscuridad es costoso, arriesgado, difícil. Adentrarse en ese sendero requiere disciplina, calma, paciencia, coraje, desprendimiento, como las hojas de los árboles en este tiempo cíclico. El equinoccio en el que ahora entramos nos reclama con fuerza. El equinoccio siempre es melancólico. La melancolía es hermosa. Es como cuando estás en un momento fronterizo, liminal, un umbral entre la luz y la oscuridad, entre la muerte y la resurrección.

El equinoccio es un momento para encontrar nuevos caminos. Es necesario encontrar esos nuevos caminos. Dejar el sol atrás, la luz, adentrarnos en la oscuridad, activar nuestros siete centros y de alguna manera, convertirnos en un humilde farolillo que indique la dirección, la visión, la búsqueda. En esta época oscura muchos están renunciando a la luz para traer luz. Lo vemos todos los días. Hay personas que se sacrifican. Que ya no esperan nada para ellos mismos. Seres que miran a los demás, aún cansados, con cierta fe y esperanza.

No hay tiempo para ir al Gran Centro de Absorción. Hay que volver el rostro hacia la oscuridad para ayudar a los demás en su caminar. Hay que agitar, hay que remover, hay que señalar, incansablemente. Servir a la luz desde la oscuridad es una bonita metáfora otoñal. Es como ser un fuego constante en las frías y heladas noches de invierno. Como ser un fruto de otoño. Cargado de energía para ayudar a enfrentar la larga jornada. Es la épica de la sustancia incorpórea, la vida que se expresa en los instantes pausados mientras contempla la grandeza de estar vivos. Es prepararse para el frío y la escarcha. Es recogerse, preparar la leña, preparar el fuego y encender el farolillo interior.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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3 respuestas a «Equinoccio. Encontrando nuevos caminos»

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