Aquello que hacemos en la vida tiene un eco inmortal


Trasmíteme el deseo de los dioses, me digo mientras miro por la ventana de la cafetería y retengo en la retina la fuerza del fuego en los volcanes isleños. Son las cinco de la tarde. Llevo aquí algunas horas mientras espero a que el mecánico me diga si el coche tiene arreglo o no. Los coches viejos no paran de dar problemas, achaques, averías. Hice malos negocios emocionales en el pasado, que repercutieron a mis malos negocios materiales. Pero respiro profundamente y me entrego a los designios de los dioses.

Todo esto a la víspera de tres viajes esta semana. Preparaba feliz mi viaje al sur de Galicia para tratar temas editoriales. Al día siguiente traslado al norte, para tratar y gestionar el misterio tras un año de ausencias. Y al día siguiente viaje a Madrid para otro tipo de menesteres, de esos de los que no se pueden hablar, simplemente porque nadie los entendería. Ahora todo en el aire, como la vida misma.

Trasmíteme el deseo de los dioses. Lo digo en plural, porque debe haber sobre nosotros una vasta jerarquía celeste. No podría entenderse el mundo de otra manera. La superstición religiosa resulta ser un bálsamo apropiado cuando dignificamos nuestra ignorancia sobre el cosmos y nuestra pequeña oportunidad existencial. Al verme tan pequeñito aquí tirado, en la mesa ausente de una cafetería , buceo en el deseo de los dioses.

La Cruz Cardinal, la Cruz Fija y la Cruz Mutable se fijan hoy en la luna llena de Virgo. He quedado con mis condiscípulos para cierta celebración. Me pregunto qué tipo de influencias pueden ejercer en nosotros los ciclos lunares. La luz es dispersa en las brumas de la noche. Deberíamos celebrar la luz del sol de otra manera. Quizás de una manera más directa, sin intervención lunar. Linda Geddes habla de ello en su libro “Bajo el Sol, la nueva ciencia de la luz solar y cómo influye en el cuerpo y la mente”. Me lo envía Encarna desde Maspalomas. Doy gracias por estos regalos que llegan y me adumbran. Rompen con la rutina, alegran el corazón.

Este fin de semana no fue especialmente especial. Vi una película donde había una frase que me conmovió. La he desvirtuado, pero el héroe de turno la pronunciaba con cierta celeridad: aquello que hacemos en la vida tiene un eco inmortal. Me pregunto qué tipo de eco puede tener este instante, en la cafetería, junto al parque, en el antiguo recorrido francés. Veo peregrinos, ordeno la agenda, miro al vacío, que es como mirar al cielo y ver las estrellas centelleantes en la planicie celeste, más allá de las nubes y la niebla. ¿Será la Tierra plana? ¡Qué cosas! Plana es nuestra mente, nuestra mirada, nuestra sensación de vacío cuando perdemos vida a cambio de instantes. La vida no se piensa, se vive. Desde el libre pensamiento y el libre sentimiento. Libres, vida, cielo, infinitudes, dioses, extraños sucesos en una mesa cuarteada, en un café con música de piano, sin clientes, bajo la esperanza de todos los mañanas.

Me entran ganas de viajar, de volver a ser lo que era, un peregrino angosto, alegre, arriesgado. Pero miro el reloj y el mecánico no me llama, lo cual significa que el coche tiene algo complejo. Al mirar el reloj, me interrogo sobre nuestro propio reloj interior. ¿Qué hora estaré marcando? ¿Cuántas horas de vida me quedarán por delante? ¿Me dará tiempo a percibir con mayor claridad el deseo de los dioses? ¿Y cómo podré, de ser así, servirlos con la mayor celeridad? ¿Seremos inmortales, como ellos, o solo una vaguedad más, algo sempiterno en su imaginación, breve, rezagados de la evolución, átomos cuyas vidas son instantes apagados?

Esta mañana me levanté con mil tareas urgentes. Las atendí una a una. Ir a meditar para conectar con mi yo interior y con el yo grupal. Esto siempre es una urgencia. Realizar el círculo de consciencia para ver cómo está el ánimo de la tropa de voluntarios, cada vez menos debido a la entrada del frío, la humedad, y pronto la escarcha. Desayunar algo. Coger el tractor para limpiar la zona de la futura escuela. A media mañana, ir al ayuntamiento a solicitar permisos para legalizar el pozo del agua, necesario para los permisos de obras de la futura escuela de meditación, estudio y servicio. Vaciar antes el pozo, volverlo a llenar, coger una muestra de agua y llevarla a analizar. Pagar algunos impuestos, redactar una carta para la justificación de la obra de la futura escuela, y a la vuelta, el ruido en el motor, la avería, el mecánico, el quedarme tirado en mitad de la nada, el buscar un lugar donde comer y esperar, esperar alguna señal de los dioses en una cafetería donde alargo las horas mientras el camarero me mira con cierta curiosidad. Mientras alargo las horas le dejo una buena propina. Es una forma de forzar sus deseos y una forma de alargar mi cómoda estancia.

Todo bajo la niebla de este otoño que ya ejerce su influencia. Y bajo la luna llena de Virgo. Supongo que todo esto tendrá algún eco inmortal. Al fin y al cabo, formamos parte de un misterio que aún no somos capaces de gestionar, más allá de la superstición, de la creencia, de la fe, del no saber a ciencia cierta cuántos minutos nos quedan aún de vida. Por eso, ¡oh vida!, mientras espero, trasmíteme el deseo firme de todos los dioses. El significado esotérico de la tensión es “la enfocada e inamovible voluntad” a pesar de las dificultades y las circunstancias. Mi inamovible voluntad sigue firme, trabajando, a pesar de todo, para servir al Plan perfecto de todos los dioses. Aunque sea en una vacía cafetería, bajo la luz del atardecer y un ocaso próximo. Ese es ahora mi eco inmortal.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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