En el punto más pequeño, la mayor fuerza


© Per Arne Hovland

¡Mirad, yo os enseño el superhombre! El superhombre es el sentido de la tierra. Diga vuestra voluntad: ¡sea el superhombre el sentido de la tierra! ¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no. Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan!
Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche

Creemos dominar la naturaleza, sin embargo, nos decía Bacon, estamos sometidos a su necesidad. Hay una paradoja en ello, porque dichas necesidades, que se antojan infinitas en el ser humano, podría terminar destruyendo nuestra propia naturaleza. La tradición especulativa sobre si terminaremos o no con nuestro planeta se antoja caprichosa, viendo el avance corrosivo del ser humano. Ser “amos” de la naturaleza nos acarrea problemas no tan solo éticos, epistemológicos, políticos, económicos y medioambientales, sino que nuestro concepto del mundo, nuestra visión de cómo son las cosas, está siendo errática.

Crear una cosmovisión diferente es un planteamiento complejo, porque de alguna forma, es ir contra natura. Pongamos el ejemplo de la alimentación. Someter el dominio de millones de años de evolución a un antojo arrojadizo de cambio de dieta por una alimentación éticamente más permisiva es una batalla doble. Primero porque luchamos contra nuestra propia naturaleza y su herencia genética. Segundo, porque luchamos contra la naturaleza objetiva y de la que nacemos, nos movemos y tenemos nuestro ser. La paradoja llega cuando al luchar contra esa doble naturaleza, de alguna forma la salvamos.

La alimentación es solo un ejemplo. Podemos cambiar también la política y la economía, aunque sea de forma experimental, a muy pequeña escala, y ver qué ocurre. Una economía basada en el don, en el decrecimiento y la simplicidad voluntaria podría ser, aún yendo antinatura, a largo plazo, pro natura. La ciencia y la tecnología se han vuelto deterministas y no son capaces de ofrecer, por su propia naturaleza, soluciones plausibles. De ahí que tengamos que esforzarnos desde la necesidad de una nueva visión, hacia soluciones más enlazadas con el azar, lo imprevisible, lo indeterminable o lo ético.

Para ello es necesario no una mente científica, sino una mente creativa, capaz de imaginar mundos posibles alejados de la naturaleza y de la ciencia tecnológica y más enraizado en los valores y la ética. Una ética transhumana, es decir, algo que no se limite a salvar a nuestra especie de una hecatombe, sino que además, incluya en sus soluciones salvar a la propia naturaleza de nosotros mismos. Sería algo así como, siguiendo a Goethe, centrar en el punto más pequeño, la mayor fuerza.

A la idea de Nietzsche de la exaltación del “Übermensch” (el superhombre), habría que añadirle su capacidad ética para transformar su necesidad natural en algo éticamente permisivo. La necesidad es destructiva, porque busca satisfacer, por encima de todo, cualquier tipo de cuestión material o intangible. El ser humano, como la propia naturaleza, tiende a crecer y expandirse, y tan solo cuando esa propia naturaleza entra en degradación, se vence a la ambición ascendente. Solo cuando por la vejez nos debilitamos, carecemos de fuerzas para seguir nuestros mayores impulsos. La ancianidad nos retiene y regula.

Los valores más tradicionales participan en el sometimiento de las personas más débiles a una “moralidad esclava”, a un “espíritu gregario”, nos advertía Nietzsche. Ese espíritu de masa, irracional, que se conduce bajo la guía de las fuerzas inconscientes, son presa de una falta de visión amplia donde se contemple a largo plazo nuestra propia supervivencia. El crecimiento desmedido, nacido de nuestra propia naturaleza desmedida, a largo plazo es contraproducente.

Nuestra madurez moral y espiritual nos debe llevar hacia una visión ética amplia, que permita expresar, al mismo tiempo que contener, nuestra naturaleza más profunda. Contenerla para que su expansión no se convierta en una caja de Pandora, aún a pesar de la esperanza escondida en sus profundas entrañas. Permitirla para no terminar convirtiéndonos en autómatas insensibles y carentes de sueños.

Como decía Nietzsche,“el ser humano es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre —una cuerda tendida sobre un abismo. Un peligroso caminar, un peligroso mirar hacia atrás, un peligroso estremecerse y detener el paso”. En esa disyuntiva tenemos referentes éticos y morales que superaron ese abismo. Pongamos a Buda o al Jesucristo pantocrator como ejemplos. No aspiramos a tanto, pero sí al menos podemos intentar, desde el punto pequeño que somos, aplicar la mayor fuerza. Una fuerza ética, una fuerza revolucionaria, que produzca un cambio significativo en nosotros y por osmosis, en nuestro entorno inmediato. Solo así podremos salvarnos de nosotros mismos, y de nuestra más profunda naturaleza.

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