Escribir, pensar, viajar


Joaquín Sorolla. Barcas en la arena. 1908. Óleo sobre lienzo.

Toda la felicidad depende del coraje y el trabajo. He tenido muchos períodos de miseria, pero con energía y sobre todo con ilusiones, los superé a todos. (Honoré Balzac)

Voltaire tuvo la gran suerte de hacerse inmensamente rico jugando a la lotería. Esto le permitió realizar en vida lo que más le gustaba: escribir, pensar, viajar. Este es el sueño de todo visionario que se precie. Disponer de grandes sumas de dinero para poder ofrecer algo al mundo, para convertirse en un Voltaire o en un Bacon. El Petit Volontaire (el pequeño voluntario) pudo filosofar, pensar, viajar y escribir gracias a su pequeña fortuna.

Es cierto que otros con menor suerte crearon grandes obras en la más absoluta de las ruinas, en la más marchita de las pobrezas y en la más profunda de las miserias. Vincent van Gogh, Rembrandt, El Greco, Monet, Cézanne, Franz Schubert, Allan Poe, Oscar Wilde, Emily Dickinson o incluso el mismísimo Sócrates perecieron en la más categórica de las penurias. Siempre me fascinó el ejemplo de un Jesús de Nazaret o un San Francisco de Asís, que hacían apología de la pobreza y enfocaron su mensaje en el amor más incondicional. Bienaventurados los pobres, que decía el maestro.

El valor de la visión, del esfuerzo, del trabajo, de la genialidad, no tiene porqué venir asociado al tener. El tener debería venir asociado al dar. Es decir, tener más para poder dar más, estar llamados a ser felices a quienes son desprendidos interior y exteriormente. La única aspiración de un verdadero visionario es entregar en vida todo lo que posee, a sabiendas de que en el otro lado nada de eso podrá llevarse, excepto la virtud de la generosidad, la entrega y el sacrificio de querer dejar un mundo mejor.

Escribir, pensar, viajar, está bien si con ello atesoras una visión más amplia del mundo que pueda ayudar al resto a ampliar sus estrecheces, su inteligencia o la propia vida. La inspiración de otros debería repercutir en el manto energético de toda la humanidad. El campo etérico debería enriquecerse con la suma de todos nuestros tesoros personales, siempre entregados a los demás, como un elixir que se consigue para compartir con el resto. Como hacen las abejas cuando recolectan afanosamente el polen. No para su beneficio, sino para el beneficio de toda la colmena.

Me gustaría ser un Voltaire porque esas tres cosas son las que más me gustan: escribir, pensar, viajar. Lo único que me diferenciaría sería mi necesidad de compartir. Es por ello que nunca seré rico, por más que jugara a la lotería. Si tuviera cien millones no dejaría de pensar, escribir, viajar. Seguiría haciendo las mismas cosas, invirtiendo todo ese dinero en ayudar al otro no desde un falso ego que pretende cobijar dentro de sí alguna necesidad no cubierta, sino por un amplio sentido de compromiso y responsabilidad con toda nuestra condición humana.

No haría caridad, provocaría más agitación moral, ética y espiritual para que otros emprendieran el camino de la responsabilidad y el compromiso con la vida, con la generosidad y el compartir. Invertiría cien millones de euros para que otros hicieran lo mismo. Agitaría sus consciencias para que la riqueza algún día llegara a todos, y no solo a unos pocos. No tendría nada, porque lo daría todo. Pero sería el pensador, el escritor y el viajero más rico del mundo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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