La parca tejedora


Chicas griegas en la Orilla . 1889. Joaquín Sorolla.

Es fácil hablar sobre la vida, pero resulta extraño hablar sobre la muerte. Ver matar a un toro. Ver matar a un hombre y a su hija en una guerra. Ver matar un león en la sabana por el puro placer de disparar a bocajarro. Ver matar una gallina por se gallina o un conejo por ser conejo para celebrar un instante de sabor. Ver matar a una mujer por ser mujer. Estamos rodeados de muerte. La atraemos a nuestras vidas. En nuestra alimentación. En nuestro temor al devenir. Fumamos para morir antes. Bebemos para morir antes. Sentenciamos a muerte todos los días a seres indefensos. Arriesgamos nuestra vida con actos simples, cuyos errores pueden producir una muerte súbita, un final trágico.

Envejecemos y cuando nos damos cuenta la muerte nos espera en cada esquina, a cada momento. Y, sin embargo, vivimos ignorando su ausencia. Su propio nombre asusta, y para consolarnos, para no pensar en ella, ni en la vida, distraemos nuestra existencia con mil cosas. Dicen que los seres inteligentes piensan a menudo en la muerte para saberse cercanos a la vida, y que los ciegos, los ignorantes, se mueven como langostas ignorando la existencia.

Seamos o no inteligentes, la muerte está ahí, para todos, vestida de frac, de negro, de podredumbre. Nuestros estómagos se han convertido en cementerios vivientes, adumbrando la hora en el que algún día nosotros habitaremos uno. Sin ser del todo conscientes, este mismo instante podría ser el último, el final de todo. Un paro cardiaco, un accidente, un tumor. Cualquier cosa podría llevarnos para siempre. Solo es cuestión de tiempo, de muy poco tiempo.

La muerte es un instante. Como la vida. Civilizarnos no ayuda a comprender la extrañeza de morir. Podemos fantasear con esperanzadores mensajes de supervivencia, de reencarnación, de cielos, de recompensas futuras. Pero realmente nada sabemos. En nuestro más íntimo interior, solo tenemos duda, miedo, incertidumbre, pesadumbre, terror a morir.

Escondemos la muerte. Primero encerrándonos en nuestros últimos años de vida en aparcaderos para ancianos. Allí nos hacinan y nos olvidan. Allí escondemos nuestra vergüenza y nuestro miedo mientras que morimos en el olvido, con olvido. Después nos incineran rápidamente, para no dejar huella, para olvidar que somos finitos y mortales. Ya nadie quiere ser enterrado, ya nadie quiere ser recordado. Morir, solo morir, sin presente, sin pasado, sin futuro.

La muerte es una cesación, un óbito, una extinción, un tránsito. La muerte es Abbaddon el Destructor, la Parca, el Ángel del Abismo. Son las almas que hilan en negro los momentos oscuros y en dorado los dulces, recogiendo con una tijera el momento final. Deberíamos celebrar la muerte por el solo hecho de que estamos vivos. Deberíamos tener presente ese instante final, sea cual sea, sea cuando sea, para celebrar cada momento de aliento. Estamos de racha porque estamos vivos. Podemos respirar, podemos amar o sufrir, podemos sentir dolor o alegría. Ese es el mérito de la vida. Pero nunca olvidemos que la muerte nos espera, nos acecha, nos vigila. Pensar en la muerte es pensar con mayor fuerza en la vida. Soñar con la muerte es sabernos dignos de existir. La muerte en el fondo es hermosa, como esas chicas griegas en la orilla, siempre recordándonos con o sin inteligencia, lo bello que es vivir.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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