Poliamor y la ética del putón


Suspiró entonces mío Cid, de pesadumbre cargado, y comenzó a hablar así, justamente mesurado: «¡Loado seas, Señor, Padre que estás en lo alto! Todo esto me han urdido mis enemigos malvados». Anónimo

El rey Filipo de Macedonia tenía un esclavo en la puerta de su dormitorio que todas las mañanas le decía: “Levántate, rey, y piensa que no eres más que un miserable mortal”. Esa mortalidad dejaba entrever muchas cosas, esas diez mil cosas que nos atañen como meros mortales y que no por ello deberíamos desconsiderar. Filipo, como buen griego que se precie, tuvo un final trágico. La tragedia forma parte de la vida, como el amor y la muerte. Sobre la muerte ya tendremos tiempo de hablar, o no. Así que hablemos un poco sobre el amor en nuestros días, que como tiempos de antaño, se ha convertido en otra tragedia griega.

Hay que dejar ir a la gente que no está lista para amarnos, decía aquel. Visto así, parece una frase anticuada, algo así como imaginar el universo supuestamente conocido, en una magnitud diez elevado a 42 respecto de una partícula quark, la más pequeña conocida, que decía el otro. Hablar de amor es como hablar de un galimatías que nadie entiende, por eso nos gusta tanto reducirlo todo al sexo. El sexo es la panacea de lo sencillo, de lo abrupto. Es algo sencillo, más irracional, no necesita de fórmulas matemáticas complejas. Y como ahora habitamos una cultura reduccionista, casi diría que vivimos en una sociedad de estúpidos, pues lo reducimos todo al sexo, porque para amar, para amar hoy día tienes que ser astrofísico, o matemático, o honoris causa en alguna materia compleja. El sexo, sin embargo, es algo que practican hasta las gallinas. No tiene ningún mérito.

Especialmente cuando ves como se está desarrollando el mundo, como está empleando sus fuerzas de liberación en una nueva ética amorosa donde casi se permite todo (cuando digo todo me refiero a todo lo que sea fácil y útil). Lo vemos todos los días. Personas que van y vienen, pasan un tiempo y en un mes se pueden acostar con tres, cuatro, cinco o seis personas diferentes. En círculos estrechos los llamamos depredadores sexuales, pero ese es un término despectivo y obsoleto que no podemos vociferar muy alto. Las autoras del libro “Ética Promiscua” los llamarían putones éticos.

Para ellas no es una forma despectiva de tratar un tema complejo, el del poliamor de nuestro tiempo (ahora se dulcifica así la promiscuidad de toda la vida). En su guía esencial para aquellos que desean explorar las posibilidades del poliamor de forma ética, nos sorprenden sus ideas abiertas y adaptadas a nuestro tiempo.

En el fondo, hay tres tipos de personas: la gente que sueña con vivir en la abundancia del amor y el sexo (los promiscuos de toda la vida), los que prefieren abstenerse de ambos (ahora se les llama singles) y los que median entre el pasado y el presente, intentando llevar a cabo el imposible de amar y ser amado con cierta exclusividad, como antaño.

Hay una compleja y profunda contradicción en esta sociedad superflua donde todo es provisional y líquido, como decía Bauman. Los que viven solos y quieren seguir estando solos se contraen y expanden consigo mismos. Los que desean amar y ser amados en exclusividad han quedado relegados al olvido (demasiados complejos para los tiempos epidérmicos que corren), y el resto, simplemente disfrutan, llenando sus vidas con todo tipo de relaciones que al final, y aquí está la paradoja, les hace sentir vacíos y solos.

Aunque lo parezca, realmente no estamos hablando de fenómenos nuevos. Alejandro Magno, el hijo de nuestro Filipo, tuvo concubinas, amantes, varias esposas, e incluso relaciones homosexuales, que en aquel tiempo era algo normal. El concepto de “amante”, es decir, de aquel amor que nace fuera del contexto familiar o el decorado de pareja, siempre ha existido. Ahora nos quitamos las máscaras y hablamos abiertamente de poliamor, como si esa fuera la mejor forma de adaptarnos a una naturaleza, la sexual, que no somos capaces de dominar o sostener. Más bien lo contrario, preferimos darle rienda suelta, e incluso llamarla “ética” para justificar nuestra falta de control sobre la misma, o mejor dicho, nuestra falta de identidad sobre su estrato superior: el amor.

Para las autoras del libro antes citado, “«putón» es una persona de cualquier género que ensalza la sexualidad de acuerdo con la idea radical de que el sexo es agradable y que el placer es bueno. Los putones pueden elegir tener sexo a solas o tener sexo con un regimiento. Pueden ser heterosexuales, homosexuales o bisexuales, activistas radicales o vivir pacíficamente en barrios residenciales. Así que estamos orgullosas de reclamar la palabra «putón» como un término de aprobación, incluso de cariño”.

Bueno, seguramente Filipo y Alejandro Magno entrarían dentro de esta entrañable descripción. Y cualquiera que, sin ser rey, pueda llevar una vida mundana y simple, sin complicaciones, que a diferencia del sexo de aquí te pillo y aquí te mato, nos permite alejarnos de las complejidades del amor. Lo importante es tener una vida líquida, superflua, epidérmica, sin arriesgarnos a enfrentar las matemáticas del amor, que siempre son complejas e insondables. Y así nos va.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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5 respuestas para “Poliamor y la ética del putón”

  1. Buenisimo!! , no hay duda que la evolución del hombre no es fisiológica si no de carácter , ya no enmascaran la realidad del ser si no es que la revelan y la estructuran y eso es romper paradigmas y convencionalismos que han creado una sociedad infeliz, carente de sentido común y más a un títeres de los prejuicios . Pero lo real es uno la libre elección llamado albedrío, El Amor no es ni siquiera mortal ,
    Excelente análisis

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