Habrá que esperar…


Corriendo por la playa’, obra de Joaquín Sorolla, 1908.

 

Hay tormenta en los bosques. Algo de viento que empieza a arrastrar las primeras hojas otoñales, aún sin ser aparentemente otoño. El verano se desliza poco a poco hacia su ocaso. Y en ese ocaso lo engulle todo. Las ilusiones, las esperanzas, los amores, la ternura, el aliento. Las parejas que se enamoraron en la playa volverán a sus ciudades. Con el paso del tiempo la mayoría olvidarán esos momentos inolvidables. Los abrazos, la devoción y el afecto con el que se besaban, los rincones secretos. Todo quedará en la matriz del recuerdo, tragados igualmente por otros y otros recuerdos entremezclados que con el paso del tiempo formarán parte de los ingredientes de nuestros sueños inconscientes. Los olores, los colores de aquellos atardeceres, la suave caricia entre sudores. Allí quedó todo, en el otro lado.

Los que no tuvimos tanta suerte no tendremos nada que contar, ni a ningún lugar donde volver. Algunos nos pasamos el verano trabajando, observando el disfrute de otros, soñando quizás con la posibilidad, aunque fuera remota, de zambullirnos en alguna hermosa historia de amor. Rozamos la ilusión, lamimos algunas antiguas heridas aún no fraguadas en las consignas del llanto. Permitimos alguna posibilidad, sin que la misma pudiera ser el resultado de algo exitoso. Más bien un fracaso, quizás por la falta de práctica o por la falta de aquello que dicen que hay que tener cuando la ambición de los caballos supera la fuerza de los dioses.

La escasez de apetencias es un síndrome extraño de la edad. Viene relacionado al número de engaños y decepciones pasadas. Cuantos más engaños y decepciones, menos apetencias. Es como fijar el rumbo hacia un norte que no promete nada y virar rápidamente en dirección contraria. Es como tener un deseo, a sabiendas de su poca posibilidad de éxito, y arremeter contracorriente con la frugalidad de todas las cosas. Todo es frágil y nada prometedor. Es la era acuática en la que vivimos. La era blanda, donde lo sólido ya no existe, y todo se reduce a píxeles de ficción.

El final del verano siempre resulta decepcionante por eso. Es volver a la rutina, a la callada amargura por no haber realizado nada especial excepto tumbarte durante algunos días, acariciar la panza torrada y disfrutar de la pesca, de haberla, en sordos compases. No hay forma de ahorrar tiempo para leer o para escuchar los sonidos perdidos del bosque o los ruidos del campo. Ya todo se va y ya todo se desliza hacia la rutina gris, tendenciosa, apagada.

La metáfora de nuestras vidas es que no somos capaces de estar nunca satisfechos, y queremos más, o lo queremos todo. Aquella persona afable y sonriente no es suficiente. Esperamos siempre algo más. Nos impacientan las limitaciones de nuestro trillado y obsoleto pensamiento consuetudinario. Nos creemos capaces de abarcarlo todo sin darnos cuenta de nuestras pobres limitaciones. Lo queremos todo, y lo perdemos todo.

Aquí en los bosques, ermitaño y estoico, templo la vida a falta de vida, de más vida. Apago las luces del deseo y perduro en la cuenta de lo inadmisible. Me encierro, cada día un poquito más, hacia el silencio abrumador. Ya no puedo ser vocero y actor de la verdad porque la verdad se cuela entre los límites de nuestra propia ficción. Hacemos un relato de nuestra vida que nada tiene que ver con lo envolvente.

Es solo un relato, a veces vacío, ensombrecido por un momento de decepción irrecuperable, y ataviado por la promesa de un mañana que nunca llega. Seguiremos esperando. Vamos a esperar. En pocos meses llegará el nuevo verano, con sus nuevas promesas, con sus nuevas aventuras inconclusas. Este año no hubo una gran cosecha. Habrá que preparar la nueva tierra, con su estiércol necesario, con su siembra irreductible. Esperaremos pacientes y leales como una roca arraigada al lecho de la tierra o como un roble que por su reciedumbre inconmovible, espera paciente el nuevo día. Sí, esperaremos… habrá que esperar…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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