Que no roben nuestro fuego



Esta mañana me llamaba temprano. Estuvimos casi dos horas de charla continua y llegamos a la misma conclusión: en este tiempo convulso, debemos cuidar de que no nos roben el fuego. Dicho en palabras de la editora del libro de Patrick Harpur, “El fuego secreto de los filósofos”, era un dato para tener muy en cuenta.

Las fuentes órficas siempre nos han ayudado a comprender mediante el mito y la lucubración encubierta, algunos aspectos de nuestra historia. Cuando la humanidad era pura e inmortal, allá por la edad de oro, algunos titanes nos ayudaron a convertirnos en lo que ahora somos: seres mortales, alejados de la inocencia inicial y, por lo tanto, llenos de vicios y virtudes. Eso en parte se lo debemos al titán Prometeo, que tuvo la osadía de robar el fuego a los dioses para entregarlo a los humanos.

Un dios menor es aquel que de alguna manera conserva el fuego. Nosotros somos, para otros reinos, pequeños dioses cocreadores. Conservamos siete pequeños fuegos en nuestro interior que al ser avivados e integrados en una sola llama ardiente, se convierten en una luz poderosa. Pero al igual que los antiguos dioses del Olimpo, sufrimos el robo de nuestros fuegos casi sin darnos cuenta, apagando la identidad y la vida que recorre todo nuestro ser.

¿Qué o quién nos roba ese fuego? Observemos nuestras vidas. Normalmente solemos dedicar gran parte de nuestro tiempo al trabajo. Algo o alguien nos roba uno de los fuegos más importantes de nuestra existencia: el tiempo. Dedicamos entre ocho y diez horas de trabajo al día para ganar un sustento. Eso es una tercera parte de nuestra vida. La noche nos roba la otra tercera parte y normalmente el ocio, la televisión, el chismorreo o la vagancia la otra que nos queda. Cuando nos damos cuenta, hemos derrochado toda una vida en vivir para otros: para un trabajo insatisfactorio, para dormir y para “distraernos”.

Hay pequeñas cosas que van consumiendo nuestros fuegos. La mala alimentación, la ira, la frustración, el sufrimiento, la depresión, la incapacidad de seguir nuestros sueños o anhelos, el entretenimiento, las relaciones tóxicas de todo tipo, el egoísmo, el orgullo, la envidia, los “altos” ideales que consumen nuestra mente… Hay tantas cosas que nos roban nuestro tiempo que nunca nos damos cuenta de ello.

Hay muchos pequeños prometeos que van anulando lo que realmente somos, lo que realmente hemos venido a ser, como si nos fuéramos apagando en vida a medida que el mundo y sus diez mil cosas van apagando cada uno de nuestros hermosos y luminosos fuegos interiores. Es como si todas esas cosas que nos dividen y nos infunden miedo enfriaran nuestro espíritu y apagaran nuestra luz. Cuando nos separan los unos de los otros nos enfriamos. Cuando nos separamos de nuestra llama interior nos enfriamos interiormente.

Por eso debemos aprender a discernir en nuestras vidas, a dedicar tiempo a todo aquello que nos hace luminosos, que nos llena de vida, entusiasmo y alegría. Todo aquello que aviva nuestros fuegos, todo aquello que alimenta y calienta a nuestro espíritu, todo aquello que nos acerca al amor, a las relaciones, a la creatividad como alimento de nuestras llamas. Toda esa llama que somos, libres, relucientes, brillantes, luminosos.

Recordemos a cada instante la noción de tiempo, aquello que nos indica los momentos que aún nos quedan para estar aquí. Es poco, ridículamente poco, y debemos aprovechar hasta el último instante para ser radiantes. Cada segundo, cada minuto, debemos dar lo mejor de nosotros para ser luz, más luz. Cada segundo es una oportunidad única para amar y ser amados, para crear y ser creativos, para, en definitiva, ser pequeños dioses creadores, dadores de luz y amor.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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