No seré la tumba de otras criaturas


El baño del caballo. Joaquín Sorolla. Óleo sobre lienzo, 205 x 250 cm. 1909. Madrid, Museo del Prado.

«No seré la tumba de otras criaturas». Leonardo Da Vinci

Gozamos de los placeres del verano. Llenamos nuestros estómagos, oxigenamos nuestros pulmones, doramos nuestra piel y desconectamos del mundo ordinario del que venimos. Observamos las flores silvestres y los manantiales. A veces desnudamos nuestros cuerpos y los entregamos en ofrenda a la tierra, al mar, al agua, al sol. La vida, para muchos de nosotros, pasa plácida y sonriente, unida a un tiempo perpetuo, inextinguible, amoroso.

Los niños corren por la hierba o chapoteando en el agua. Los pájaros petirrojos se atreven a observarnos cada vez desde más cerca, especialmente si estamos tocando la guitarra en algún perdido prado verde, junto al muro de piedra. Allí descansan tomando el sol también los lagartos verdes, con sus impresionantes miradas atentas y su ver pasar la vida, pausada, calma.

Algunos de nosotros vivimos y morimos en paz. Llevamos una vida buena, con sus algoritmos, con sus subidas y bajadas, pero tranquila. Algunos de nosotros no hemos padecido nunca ninguna guerra, ningún exterminio, ninguna masacre. Algunos de nosotros ni siquiera hemos sido robados, o violados, o maltratados. Hemos pasado por la tierra como si se tratara de un eterno viaje veraniego. Hemos reído, cantado, disfrutado, aprendido. Hemos logrado prever las vicisitudes de la existencia. Logramos cierto éxito académico, luego laboral, social e incluso familiar.

Incluso algunos de nosotros llegamos a la edad adulta y decidimos meditar, ayudar al prójimo, saludar al vecino y preocuparnos por sus infortunios. Nos alistamos de voluntarios en alguna causa o creamos, a medida que nuestra consciencia se expandía, nuestra propia causa. Algunos de nosotros pudimos ver atardeceres en regiones inhóspitas, o despertar bajo el sonido de algún mantra en templos lejanos, esculpidos en estepas o valles profundos, bajo los pies del Himalaya.

Llegó un momento que la consciencia no se limitaba a nuestras pequeñas vidas, sino que trascendían nuestras existencias, y las entregábamos a una consciencia mayor, a un alma grupal, a un lazo místico envolvente, sugerente, poderoso. Incluso llegó un momento que decidimos fortalecer nuestros cuerpos mediante el ejercicio, nuestro ánimo mediante el cuidado constante, nuestras emociones mediante la prometida paz interior y nuestros pensamientos mediante el control mental, guiados por un alma excelsa.

Fue nuestra entrega tan arriesgada y comprometida, responsable y sincera, que logramos atravesar las puertas de la más delicada sensibilidad hacia todos los seres sintientes. Y en esa luz, en ese momento de lucidez absoluta, decidimos, cargados de compasión, el no ser la tumba de otras criaturas. Quizás este y no otro, fue el más verdadero y revolucionario acto de amor. Quizás este y no otro fue el acto que realmente nos convirtió en completos y auténticos seres humanos. Amar, amando, amadísimos todos, en un mundo amoroso, inclusivo con todos los seres sintientes.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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