Diez millones de lunas


 

¿Estás bien? Sí gracias. Estoy bien a pesar del Mal. Tengo tres ventanas. Una mira hacia occidente y allí veo el bosque diminuto, las huertas y los prados que se extienden hacia arriba hasta alcanzar el horizonte situado en el más fantasioso de los atardeceres. Veo a los conocedores que ignoran al mundo y miran hacia Marte o la Luna, rechazando el mundo. No los juzgo, solo observo. La de oriente me permite ver el sol en su zenit mañanero. Amanece siempre por ahí, con un leve y tímido rayo que veo atravesar los árboles hasta llegar a mí. Allí veo a los estudiantes del camino de la paz. Intento no juzgarlos. Solo los observo. La tercera está orientada al mediodía. Contrariamente a lo que se recomienda, mi cabeza reposa en esa dirección, y atraigo los rayos del austro y la tarde, celebrando ese gusto interior cuando eres acariciado por las melodías invisibles de los elohims.

¿Y el norte? Pues ahí, en el septentrión, tengo la puerta, acompañada de una librería llena de libros de antropología y la pequeña chimenea. Tengo sobre la chimenea algunas velas que protegen la fotografía de un maestro tibetano conocido por sus iniciales, D.K. Y dos frases que le acompañan: silencio y renacimiento. Ambas muy significativas para este periodo solar que vivimos. El norte es la columna del aprendiz, del silencio, de la sombra que observa.

¿Y en el punto de quietud, qué hay ahí? En el centro del octógono hay una claraboya con forma de sol. De ahí vienen los rayos mañaneros que conectan con la tierra. Hay un cristal en el centro que conecta con la tierra y conserva tres piedras: una que había en este lugar, otra del monte sagrado de Oribio y otra que trajimos desde Shamballa, la resplandeciente, allá en los desiertos del Gobi, en Mongolia, hace muchos años.

¿Y qué más hay? Más allá de lo observable de nuestros pequeños mundos, hay diez millones de lunas con sus diez millones de sombras que intentan proyectar en mí la nube del espejismo. Pero también algunos soles, lo suficientemente importantes y poderosos para elevar el néctar del alma hacia la superficie del campo abstracto, allí donde los poetas y los músicos absorben el elixir universal, el lenguaje del quinto reino. Las lunas hacen su trabajo junto a los señores lunares, y los soles son dominados por los elohims, nuestros guías, nuestros vigilantes, nuestros guardianes protectores, aquellos que dirigen Shamballa, la resplandeciente.

¿Y qué sientes? Todo lo aquí descrito es menor ante la gran pena interior. Para lo mayor no encuentra palabras, porque tiene que ver con las diez millones de lunas. Me entristece que los estudiantes del camino de la paz, los talibanes de la sharía, hayan olvidado ambas cosas: el estudio y la paz. Y que los observadores de occidente solo piensen en la Luna o Marte olvidándose del mundo entero. Y que en vez de estudiar sobre la paz, estén de nuevo en guerra, y que en esa guerra, todos pierdan, los unos y los otros. Sería hermoso que las mujeres pudieran ganar esa guerra, y recordaran a sus hijos, maridos y padres, mediante la fortaleza del susurro, que vuelvan a estudiar el camino hacia la paz. Sería hermoso que los elohims, conectados a la fuente primera del amor-sabiduría pudieran, mediante la mediación de Shamballa, la resplandeciente, susurrar a esas madres, hijas y esposas, para que su fortaleza, para que su aliento, pudiera transformar a los estudiantes del camino de la paz, a los talibanes pastunes de la sharía. Ojalá El León de Panjshir pudiera susurrar desde las montañas del Hindu Kush la paz necesaria para su pueblo. Eso es lo que siento en la oscuridad de la noche, cuando miro a todas direcciones, y me compadezco por toda la raza humana. Es una tristeza profunda, difícil de explicar. Es una pena humana que comparto con toda la raza humana. Es algo que preferimos ignorar mientras miramos a la Luna y a Marte, a las diez millones de lunas.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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