Fantasías para un piano (Para Anna)


Para Anna, por hacerme recordar la importancia de la sonrisa interior. 

Esta inmovilidad está siendo positiva y algo productiva. La editorial necesitaba tiempo y se lo estoy dando. Roberto Calasso, un reconocido y admirado editor italiano recién fallecido, hablaba de la importancia de la marca del editor. Es algo que hay que cuidar, así como el catálogo que un editor va realizando a lo largo de su vida. Esta revisión, este tiempo de parada como voluntario en la fundación, me está reconciliando con el oficio de editor, algo abandonado en estos últimos años. Escribir y editar son pasiones que encierro dentro de mí.

Editar un buen catálogo es algo que se construye con la experiencia, con algo de dinero y con mucho trabajo y disciplina. Un editor debe ser culto, tener cierta experiencia y curiosidad vital y conocer las letras a fondo. Pero sobre todo debe ser arrastrado por una pasión desbordante. Si no existe esa pasión, ese espíritu de enorme cultura y agudeza crítica más allá de los adalides de la inmediatez, la velocidad y el propio mercantilismo, uno no puede dedicarse a esto.

El mercantilismo editorial siempre ha sido mi punto débil. Mirando las facturas veía que tengo algunos clientes que aún deben algo de dinero. No es mucho, pero repasando las deudas pensé que sería bueno, aprovechando la coyuntura de estar accidentado, de hacerme algún regalo. No suelo ser una persona caprichosa y por ello casi nunca compro cosas para uso personal excepto aquellas que considero imprescindibles para el buen funcionamiento de la pequeña empresa editorial: un coche, un ordenador, un móvil. El coche tiene ya casi veinte años y algún día lo tendré que cambiar. Tiene más de un millón de kilómetros. Siempre ha sido una buena herramienta de trabajo y un excelente amigo que me ha llevado por cientos de lugares que ahora con la pandemia se echan de menos. Repasando los ingresos editoriales y la entrega que se hace de ellos a la fundación, no queda mucho margen para cambiar de coche a corto plazo, así que miré interiormente qué otro capricho personal podría tener.

Ahora que el ratón ya no musita por las noches ni el murciélago chirría ni los reptiles sisean, tengo más tiempo para descansar y ordenar todas las ideas interiores de este tiempo hermoso y placentero. En este kairos de silencio y quietud se juntan dos pasajes conexos: el primer libro que escribí y que nunca publiqué, Fantasías para un piano, y una hermosa historia de amor. Es hermoso enamorarse de circunstancias, de personas y de momentos únicos e irrepetibles. Son momentos que no se olvidan, o personas que entran, aunque sea por un instante, y te hacen recordar la urgencia de vivir. En este último año me sentía emocionalmente apagado, pero alguien desconocido hasta ese momento, alimentó una hermosa sonrisa interior. Fue como una fantasía para un piano, una fantasía parecida a la que interpreta Ludovico Einaudi con su Nuvole Bianche. Algo breve, intenso, profundamente inesperado que estalla dentro de ti y que permanece como un pequeño elixir o perfume el resto de tu vida.

Editor pobre y humilde, no tengo dinero para comprar un buen piano, pero sí algo modesto que ayude a cumplir un viejo sueño, una especie de retorno a la inocencia, a algo que quedó enquistado en un pasado remoto y que ahora puede renacer. Un pequeño piano digital donde aprender a tocar el Para Elisa de Beethoven o incluso el Nuvole Bianche de Ludovico. Tocar el piano me ayudará a recuperar la movilidad de la mano ahora atrofiada por el accidente. Me ayudará a dar forma a un sueño y me ayudará, de paso, a disfrutar del estar enamorado de la vida, con la pasión que esto requiere, disfrutando, solo, aquí en los bosques, de la templanza y el desapego del estar vivos. Ese será mi pequeño capricho, mi pequeña fantasía, mi pequeño regalo de accidentado. Un pequeño piano donde aprender a fantasear con el idioma angélico: la música. Disfrutando de los paisajes y fantasías que se dibujen para los próximos tiempos. Sin escapar de los ciclos de la vida, de los gozos de los más profundos afectos, de la sonrisa interior que se enciende como una llama poderosa.

Gracias querida Anna por la inspiración. Me debes una sonata… 😉

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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