Dolce far niente


El placer de no hacer nada. Un placer extraño. Un talento extraño. Todo un arte. Algo bueno tiene que haber cuando la vida te inmoviliza. Podríamos estar quejándonos y llorando de dolor, de sufrimiento. Tan joven y tan inválido, invalido, invalidado. Uno se limita a ver pasar las horas. A saludar a unos y a otros, a echar de comer a los pájaros que reclaman sus propios regalos.

Un ratón se coló en la cabaña. Eso hace que lleve unos días sin dormir. Los primeros fueron dolorosos, los siguientes llenos de aceptación. No me puedo mover y no puedo dormir con el ruido casi insoportable del roedor.
Me gustaría asomarme a otras puertas, a otras ventanas, pero soy extremadamente tímido. Miro por la ventana y veo el anuncio: “dolce far niente”. Me saca una sonrisa porque imagino ese hermoso piano tocando a cualquier hora desde el placer de tocar solo por tocar, quizás ya sin ninguna fantasía que lo acompañe, pero con la ilusión de sentir cada nota escapar por cada poro del susurro existencial. Sonrío, amable, indulgente.

Soy tímido y entonces me encierro, me doblego. Dejo que el ratón haga de las suyas, dejo que el tiempo pase sin más, dejo que la vida se detenga y no pretenda asumir el rol valiente de aventuras imposibles. Dejo simplemente que todo pase, absorbiendo el gusto de los recuerdos, de esa emoción recién cosechada, de ese itinerario que fue de ida y vuelta, solo con una cima a la que llegar, una pequeña colina, un atardecer, un suspiro. Algo breve.

Todo cada vez es más corto y más breve. Lo digo simplemente porque ya no me gusta insistir, ni molestar, ni atormentar. Si surge bien, si vuela bien, si fluye bien, si se da bien. Pero si no surge, ni vuela ni fluye ni se da, abrimos el pecho y las manos y las canillas del alma dejando que todo pase, que todo se renueve en la pura impermanencia, en la línea de los ciclos, en las atalayas y las cimas del devenir. No tengo edad para luchar. No tengo mucho más que ofrecer.

A veces el no hacer nada es un placer. Ese punto de quietud en el que te vuelves el observador, el pasivo público, el admirador que derrama lágrimas y alegrías desde el otro lado del telón. Te caes, te rompes los huesos, te inmovilizan y la vida se para. Todo se para. El amor, la ternura, la emoción, el encuentro, lo secreto, la locura, la agitación interior y sublime. Sí, soy algo tímido, y cuando me cierran las puertas sin dejar rendijas me vuelvo pequeño y vulnerable, sensible, endeble, frágil. Y aprendo de la experiencia dulce del no hacer. Del estar quieto. Del ser, siendo.

Seguro que algún beneficio tiene que tener este de mirar desde la cama como pasa el tiempo, como transcurren los acontecimientos mundiales sin que nada te afecte, sin que nada perturbe la quietud asumida. No hay mayor estímulo que levantarte tras una dura noche sin dormir, mirar al bosque y esperar a que ocurra algo. Quietud ante la vida, timidez ante la vida, disfrute invisible, anónimo y placentero por el mero hecho de no hacer nada. El no hacer nada es un arte. Los italianos lo llaman “dolce far niente”. Los holandeses “niksen”. Nosotros… ¿cómo lo llamamos nosotros? Pasa el tiempo, pasan las horas, y aquí seguimos, esperando a que el ratón ponga su música. Buenas noches.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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