Las clases de monjes


La Regla de San Benito nos advertía de los cuatro géneros de monjes. Actualmente, existen muchas personas que, sin saberlo, tienen una vida espiritual cercana a la de los antiguos monjes, ahora tan absorbidos por la historia y los tiempos que corren. Una vida disimulada y vestida de modernidad, pero no muy lejana a las cuatro categorías que antiguamente se describían en esta regla, en su capítulo primero.

Más allá de las dos últimas categorías, en casi todas las tradiciones existe la diferencia entre los que viven en comunidad o aquellos que prefieren vivir de forma solitaria. El monacato solitario (anacoretas) y el comunal (cenobitas) tiene ciertos paralelismos con la tradición oriental. El camino del arhat o el camino del bodhisattva tienen algunas coincidencias.

Los primeros sacerdotes cristianos que llegaron a Oriente y hablaron de Jesús se sorprendían al ver la reacción de los budistas que identificaban a Jesús como un bodhisattva. Hay relatos e historias de bodhisattvas musulmanes, bodhisattvas taoístas o de cualquier tradición. Un bodhisattva es un ser que relega cualquier aspiración personal anteponiendo la liberación del sufrimiento para todos los seres. Es alguien que renuncia a su iluminación en una entrega generosa y compasiva para que los demás puedan llegar a cierto progreso en la vida.

Si para el budismo Theravāda el convertirse en arhat es la meta del progreso espiritual, para el budismo Mahāyāna esta idea, la del camino del arhat, es egoísta, considerando al Bodhisattva como alguien que se queda en el ciclo de renacimientos para trabajar por el bien de otras personas.

Esta es básicamente la diferencia, a grandes rasgos, entre las clases de monjes occidentales. Los cenobitas, que trabajan conjuntamente en comunidad para expandir así el egregor de luz y compasión con mayor fuerza, y los anacoretas, que viven una vida en solitario y un camino espiritual que podríamos denominar de egoísta, ya que solo persiguen su progreso espiritual sin contar con el resto. Serían los arhats de nuestra tradición.

Sobre los sarabaítas y los giróvagos, poco podemos añadir, excepto acentuar que muchos de los que hoy día se consideran “espirituales”, estarían dentro de estos grupos. Son personas que mezclan la vida del espíritu con sus necesidades personales. Viven ataviados y atascados en el paradigma de la necesidad personal, y alejados del paradigma del compartir con el resto. Su espiritualidad, amañada y epidérmica, enriquece sus egos pero les alejan del verdadero conocimiento espiritual, la cual siempre es una senda que requiere sacrificios, disciplina y generosidad.

Dicho esto, veamos como Benito de Nursia describía los diferentes tipos de monjes:

1. El primero es el de los cenobitas, es decir, los que viven en un monasterio y sirven bajo una regla y un abad.

2. El segundo género es el de los anacoretas, o, dicho de otro modo, el de los ermitaños. Son aquellos que no por un fervor de novato en la vida monástica, sino tras larga prueba en el monasterio, aprendieron a luchar contra el diablo ayudados por la compañía de otros, y, bien formados en las filas de sus hermanos para el combate individual del desierto, se encuentran ya capacitados y seguros sin el socorro ajeno, porque se bastan con el auxilio de Dios para combatir, solo con su brazo contra los vicios de la carne y de los pensamientos.

3. El tercer género de monjes, y pésimo, por cierto, es el de los sarabaítas. Estos se caracterizan, según nos lo enseña la experiencia, por no haber sido probados como el oro en el crisol, por regla alguna, pues, al contrario, se han quedado blandos como el plomo. Dada su manera de proceder, siguen todavía fieles al espíritu del mundo, y manifiestan claramente que con su tonsura están mintiendo a Dios. Se agrupan de dos en dos o de tres en tres, y a veces viven solos, encerrándose sin pastor no en los apriscos del Señor, sino en los propios, porque toda su ley se reduce a satisfacer sus deseos. Cuanto ellos piensan o deciden, lo creen santo, y aquello que no les agrada, lo consideran ilícito.

4. El cuarto género de monjes es el de los llamados giróvagos, porque su vida entera se la pasan viajando por diversos países, hospedándose durante tres o cuatro días en los monasterios. Siempre errantes y nunca estables, se limitan a servir a sus propias voluntades y a los deleites de la gula; son peores en todo que los sarabaítas. Será mucho mejor callarnos y no hablar de la miserable vida que llevan todos estos.

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