La última pregunta


Asimov respondió claramente: datos insuficientes para respuesta esclarecedora. Así, era tras era, iba respondiendo a diferentes cuestiones existenciales la inteligencia artificial ideada por el escritor. ¿Es posible revertir el inevitable final del Universo, o el mundo debe acabar de todas formas? Esa era la pregunta que, desde un día cualquiera del siglo XXI, hasta generaciones y generaciones posteriores en el tiempo, hacían los humanos a los ordenadores. A veces uno se puede preguntar, ¿y si Dios fuera un ordenador? Y de ser así, ¿qué significado profundo tiene todo cuanto ocurre?

Hace unas semanas pude ver en el firmamento una estrella fugaz que me hizo sonreír interiormente. Hacía más de un año que este acontecimiento celeste no se reproducía en mi bóveda interior. Una estrella fugaz es una partícula pequeña, que según los expertos, mide entre milímetros y algunos centímetros. Al entrar a la atmósfera terrestre a gran velocidad, se quema debido a la fricción con el aire. El brillo fugaz es causado por ionización, produciendo una trayectoria luminosa que pasa rápidamente por el cielo.

Cuando la estrella en su caída se quema produce grandes dosis de emociones. La miramos, cerramos los ojos por un momento ante su inevitable desvelo y pedimos algún deseo. Cuando la vi aparecer sentí una gran emoción. Era una estrella especial, hermosa, llena de fuerza y carga ionizante. Por fin mi corazón se ilusionaba por algo, aunque fuera fugaz, aunque fuera un destello lejano en un firmamento aún más lejano. Luego vino el deseo, el cerrar los ojos y desear profundamente, y luego, de nuevo, la oscuridad, el silencio, la nada.

Y ahí es cuando aparece Asimov con su pregunta: ¿es posible revertir el inevitable final? ¿Podría esa estrella fugaz, aunque fuera desde una ilusión o desde una ficción simulada, permanecer más tiempo en la bóveda celeste? ¿Pueden los inevitables acontecimientos de nuestras vidas revertirse? No encuentro una respuesta esclarecedora. Como la computadora de Asimov, solo tengo datos insuficientes.

Ya sé que parece extraño, pero en ese agotamiento que produce el exceso de velocidad, y la quemazón debido a la fricción con el aire, en un sueño peregrino una oropéndola se posa en mi hombro izquierdo. Recupero la sonrisa, porque de alguna forma resuena en mis adentros una llamada del alma que me avisa de lo sorprendente: no te puedes apegar a lo fugaz. Hay que dejarlo ir sin apegos, sin aferramientos imposibles. Y recuerdo la frase que me acompaña siempre, y que hace alusión a la necesaria impermanencia: lo único que permanece es el cambio.

La duda que aún poseo, y que me perseguirá durante algún tiempo, es intentar comprender porqué motivo surgió la sonrisa interior después de tanto tiempo ignorándola, evitándola, interponiéndome a ella. ¿Qué fue lo que hizo que esa poderosa llama fugaz me hiciera sonreír?

Nuria me decía, allá en los puertos de las Rías Baixas, que se trataba de algo tejido, y que por lo tanto, esa estrella, por fugaz que fuera, estaba encerrando un claro mensaje para mí. Lo curioso es que, sea como sea, después de muchos meses sin mirar el cielo, y tras esta fugaz llamarada, siento la necesidad de volver a protegerme, de no volcar la ilusión egoica en lo fugaz, y de adentrarme de nuevo en la conquista de lo permanente. Lo fugaz no me sirve, no me llena, no me permite expandir la estrecha mirada hacia el horizonte. No me gusta lo breve, mis proyectos siempre son a largo plazo, y mis apuestas, mis miradas, solo pueden ser creíbles con el paso de los años. Esto es una paradoja en mí. Apostaría una vida por algo que fuera certero, seguro, apropiado. Pero la vida, en su continuo devenir, sigue siendo completamente impermanente. Esa es mi paradoja, ese es mi dolor, esa es mi pena. Por eso, de alguna manera, me aferro a la última pregunta: ¿es posible revertir el inevitable final de todas las cosas?

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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