Amar a los equilibristas


Se había roto una cadena del tractor. La miré compasivo, paciente, desapegado. Me acordé de esa hermosa madre con sus dos hijos, casi sin tiempo para vivir, para respirar, casi rota por dentro, como las cadenas, fijando siempre toda su atención y su existencia en sus hermosas criaturas. Había cierto reproche a la vida porque cuando eres madre te anulas y vives solo para ellos. Te trasciendes, te sacrificas para que los otros salgan adelante. En mi caso solo se trataba de unas cadenas. Unas tristes, frías y rotas cadenas. Cogí la moto, surqué los vientos hasta ese lugar donde venden tractores y cadenas. Pedí cuatro cadenas. Pensé que la vida podría resultar triste si basaba todo el reproche del día en esas cadenas rotas. Así que aproveché el viaje. Compré algunos aguacates, un par de dulces de chocolate y una horchata. Me fui al borde del Camino para ver pasar a los peregrinos. Es hermoso ver todas esas vidas pasar e imaginar alguna bonita historia de amor. Aparqué la moto silenciosa, eléctrica, moderna. Saqué los dulces y luego tomé la horchata mientras iba repitiendo con amabilidad eso de “buen camino” a unos y otros.

Sentado en ese inmenso prado, rodeado de árboles, viendo unas juguetonas cabras enanas comiendo las cortezas de los árboles, cerrando los ojos mientras escuchaba la ternura del momento, sentí ganas de llorar. Era una emoción extraña. Quizás muy cercana a esa que uno siente cuando se encuentra solo en el mundo, realizando mil malabares para que nada se derrumbe, para que todo esté bien, para que nadie sufra más de lo necesario. Me di cuenta por un momento de esa necesidad tan humana de la compañía, de la creación de una familia, de la necesidad de tener una complicidad profunda con alguien a quien abrazas todas las noches. Sentí cierta pena por no ahogar la vida en la creación de más vida. Sentí cierta sensación de fracaso por no haber proyectado una sana razón por la que levantarse todos los días, más allá de los sueños propios y egoístas, casi necesarios, casi imprescindibles para dotar de algún sentido a todo cuanto hacemos.

Tras el último trago de horchata me perdí por caminos imposibles. La moto me lanzaba a esa aventura de lo ilusorio, de la búsqueda, del imaginar encuentros imposibles capaces de derrotar al más profundo de los pesimismos. Miraba tras los árboles, en los lejanos prados cubiertos de manto verde, en las veredas, hacia el cielo. El sol se iba derrumbando sin que pasara nada. El teléfono callado, la música ausente, la vida pasando. Incluso me perdía en aldeas abandonadas, con los tejados caídos por el tiempo, con las paredes cubiertas de madreselvas, casi imposibles de salvar. Imaginaba la vida que siglos atrás recorrió esas aldeas y me vi reflejado en ellas. Una ruina, una casa que no fue capaz de soportar la vida y el tiempo, hasta caer, derrotada.

Se habían roto dos cadenas y compré cuatro, y dos dulces, y una horchata. Esa era mi forma de alimentar mis vacíos. Esa es la manera, no mía, sino de muchos, de llenar aquello que solo la vida puede llenar. De arriesgar aquello que solo el abrazo puede arriesgar, de soportar aquello que solo el amor puede soportar. La flor da perfumes, el árbol frutos. Ese es su sentido, su propósito. Nosotros ya no damos nada. Nos hemos convertido en equilibristas de la soledad, de la falta de sentido, de la ausencia de propósito. Por eso ya solo nos queda amar a los equilibristas. A esos que solitarios, desnudos, apagados, rompen sus cadenas día tras día y se escapan al borde del camino, mirando pasar la vida, llenando los vacíos con algún dulce, con alguna escena, con alguna ensoñación. Cuando hay falta de equilibrio, nacen los equilibristas, tan necesarios como urgentes. Tan verdaderos como falsa es la realidad que solo pueden vivir en sí mismos. Hoy se había roto una cadena del tractor, y con ella, otras muchas.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 respuestas a «Amar a los equilibristas»

  1. Hay momentos en que todos necesitamos esa emoción extraña… Momentos de tristeza, de silencio, de alegría, de reflexión… Y como tú bien dices : la flor da perfume, el árbol frutos… Y tú naciste para dar amor. Cuidate.

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