No dejemos que un virus nos separe


© Pierre Pellegrini

 

Las enfermedades son crisis que nos paralizan y nos obligan a padecer, la mayoría de las veces, grandes sufrimientos, al mismo tiempo que grandes cambios interiores. El dolor, la pesadumbre y la angustia son inseparables compañeras de cualquier tipo de dolencia. Enfrentarnos a la enfermedad sin abusar de las recetas buenistas de intentar tratar la situación como una oportunidad de cambio es algo complejo. En primer lugar, porque cuando estás mal, no deseas hacer nada, ni siquiera cambiar algún aspecto de tu vida que quizás requiera algún tipo de reajuste o respuesta. Tampoco te quedan fuerzas para pensar, para reflexionar, para digerir situaciones o simplemente para cambiar.

El Covid ha tenido la facultad de aislarnos, de fastidiarnos, de obligarnos a paralizar media humanidad. Ha sido capaz de hacernos pensar que el mundo en sí mismo no merece la pena, que todo da asco, que todo podría estallar en mil pedazos y nada nos importaría. No solo ha sido un simple resfriado, sino que ha tenido la capacidad de sacar de nosotros aquello que más nos pesa: el pesimismo, la rabia, la impotencia, la tristeza, la angustia, la desilusión, la separación, el aislamiento.

Nos aísla y nos aparta de los demás, a veces físicamente, pero a veces también psicológicamente. No queremos ver a nadie y notamos al mismo tiempo que nadie se atreve a cuidarnos, a estar con nosotros, aunque sea con una llamada, un mensaje, un toque de ánimo. Aborrecemos la situación y al mismo tiempo aborrecemos cualquier tipo de atención, cualquier tipo de situación que intente englobar la suma de pesares.

La presión social está surgiendo efecto. Cada vez son menos los grupúsculos que quedan por vacunar. Incluso los más rebeldes sucumben a la primera, a la segunda, y seguramente, más adelante, a la tercera y a la cuarta dosis. Es posible que las vacunas se instalen en nuestras vidas para quedarse. Porque estos años será el Covid con sus múltiples variantes y de aquí a unos años más, será otra cosa. En ese sentido, creo sinceramente que deberíamos prepararnos interiormente para la que se avecina, y sentir hasta qué punto estamos dispuestos a ceder en todo a la falta de libertad y al chantaje emocional y grupal al que estaremos sometidos.

Interiormente también deberíamos enfrentarnos a nuestros demonios. Aguantar la enfermedad estoicamente, fijando la atención en nuestro carácter, en nuestra actitud, en nuestra fortaleza interior, sin que nuestro ánimo nos haga sucumbir. Esa fortaleza será la que nos ayude a soportar todo lo que pueda venir a partir de ahora y nos ayude a mantener relaciones sanas con las personas que apreciamos.

¿Qué clase de pruebas le espera a esta generación humana? Aún no lo sabemos. Tras el SIDA en los años ochenta, ahora nos toca enfrentarnos a este incómodo y molesto resfriado que nos hace pasar unos días totalmente desagradables a los más leves y complicaciones o muerte a los que tienen un sistema inmunológico débil. En todo caso, deberíamos prepararnos, exterior e interiormente, para lo que pueda venir. Y si nos toca padecer la enfermedad, fortalecer nuestros vínculos, aprovechar el aislamiento para provocar aquello que nuestra vida requiere, para sabernos valedores del existir. No dejemos que un resfriado nos aísle, nos atormente, nos aleje del otro. No dejemos que un virus nos separe.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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