Vida


“La existencia es lo único que está en proceso de existir”. Kierkegaard

En las ramas de los árboles, sujetas a una pequeña hebra, ahí se manifiesta la vida. Entre runas y raíces, tierra y barros, ceguera nocturna, permanente, ahí está la vida. En el aire esponjoso, en la brisa corriente, entre escarpadas nubes que sucumben a la conmoción diurna, ahí pace la vida. En fragosas montañas, en la nieve o en los ríos, brava corre entre pinares o savia verde entre ramales. En el gran lanzamiento de aquel piano que voló en Alaska, vida tras el recuerdo de aquel instante único e irrepetible. Recordad, no se trata tan solo de la visión, se trata de tantear, seguir tanteando y avanzar. La vida es un río que avanza, bombea, nos expulsa.

La existencia, la vida, es lo único que está en proceso de existir. Es un proceso complejo, difícil. “La tarea debe hacerse difícil, pues solo la dificultad inspira a los nobles de corazón”, nos decía Kierkegaard. De ahí que la vida sea compleja, extraña en sí misma. Un noble de corazón se asemeja a la pequeña hebra que soporta el peso de toda una hoja. En su fragilidad está su grandeza, porque ahí, en esa fina hebra, reside la fortaleza y el alimento de todo un árbol.

Joyce lo expresó de forma grande y amplia: “Bienvenida, ¡Oh, vida! Salgo a buscar por millonésima vez la realidad de la experiencia y a forjar en la fragua de mi espíritu la conciencia increada de mi raza.” Lo que importa no es lo que lanzas a la vida, sino el propio lanzamiento de todo tu ser, de toda tu consciencia, hacia ese instante único e irrepetible que se forja en lo más profundo de la existencia. Ese momento de alegría que te conecta con la vida, con la pequeña hebra, con la fragilidad de nuestra absoluta debilidad e imperfección.

Bailamos en el coro de la vida y nos pasamos todo el tiempo suponiendo, expedientando cada acontecimiento, olvidando que el secreto siempre está en el centro, en el meollo de la propia respiración, de la propia asignación puntual de aliento. La vida es un alegre devenir por el mundo insertado en momentos dolorosos, en momentos de transformación y expansión, de sufrimiento retorcido que nos recuerda la urgencia de vivir.

Es la substancia que nos anima, que nos recorre y se fija en nuestra mente y nuestras emociones como un pegamento. Es eso que se revela en el viento entre los árboles, con su rostro entre las sombras, ante el rechazo devastador del fuego volcánico, en ese lugar del accidente del amor no correspondido, en esa siempre conmovedora vulnerabilidad que nos acecha en las noches solitarias y oscura, en el dolor, en la enfermedad, en la tristeza desesperada…

Todo es efímero en las pasiones de nuestro corazón, hasta que llega el recuerdo, la disidencia, la verdadera potestad de estar vivos. El alimento perfecto para el alma es dejar correr la vida dentro de nosotros, dejar que se exprese, dejar que nos permeabilice y se apegue a nuestra piel. La vida en las ramas de los árboles, sujetas a una pequeña hebra, se manifiesta. También en nosotros, pequeños hilos de nuestra especie, pequeño himno de nuestra alma inmortal.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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