Abraza la imperfección y líbrate de todo mal


Tiendes tu rostro en la hierba. El sol palpita en el horizonte, cayendo suave sobre la superficie lisa y azulada. Los bosques son mecidos por cierta brisa y la trémula tarde se esparce como si la imagen bucólica fuera una pura instantánea del paraíso. De repente afinas la mirada y comprendes que el paraíso, la instantánea de ese momento único e irrepetible, la música de ese toque de clarín de nuestra peregrina alma no es un estado perfecto. Sabes que es solo un instante, una levedad del ser, algo extinto y finito. Sabes que luego llegará la imperfección, el dolor, el sufrimiento, el deseo apagado, incluso la tristeza y el desaliento. Pero no importa porque, aunque fuera por un instante, abrazaste la ternura, la complicidad, el aliento, la frescura, la inquietud, el momento perfecto.

Alargar la vida es alargar esos momentos de felicidad, alejándonos, paradójicamente, del nexo que une el letargo con lo perenne. Podemos entender la vida como la suma de instantes irrepetibles, y la impronta que el trabajo de desapego conlleva. Respiramos e inspiramos constantemente, nos ensanchamos y nos retraemos una y otra vez, pero no podemos apegarnos a ningún estado, a ningún instante, a nada que pueda sostenerse. Todo cambia, y lo único que verdaderamente permanece es el cambio. Un cambio constante, rítmico, inacabado. Tras el momento perfecto llega la atrocidad, la torpeza, la imperfección. Tras el bien, llega el mal, tras la felicidad suprema, el sufrimiento insoportable.

La enseñanza implica aprender a abrazar la imperfección como única vía para librarnos del mal. Abrazar el caos mientras caminamos hacia cierto orden, estrechar los nudos del miedo mientras navegamos a ciegas hacia el amor. Si nos resulta insoportable la soledad, debemos abrazarla con compasión. Si nos resulta amarga la compañía, debemos soltarla, despedirla, olvidarla.

Es todo extraño y perplejo. El silencio es extraño, el susurro es extraño, el murmullo es extraño. La palabra se pierde y nace el verbo. El verbo se pierde y nace el silencio. Y luego el susurro, y más tarde el murmullo. La vida es así. A veces reímos, a veces sufrimos. A veces gozamos de ánimo y salud y otras solo queremos dormir, desconectar, desaparecer.

El tenue alarido de nuestra alma zozobra arrinconada en un cosmos imperfecto. “Antes de que el alma pueda oír, la imagen debe estar sorda a los rugidos y a los murmullos, a los bramidos de los elefantes y a los argentinos zumbidos de la dorada luciérnaga”, nos decía La Voz del Silencio.

Quizás debamos buscar en la noche y caminar durante el día. Tal vez el alma se manifieste con mayor claridad desde la poesía o la música. Posiblemente solo nos quede la oportunidad, por remota que parezca, de tumbar el rostro en la tierra húmeda y doliente, observando el palpitante sol allá en el horizonte, viendo cómo cae suave en la superficie lisa y azulada. A lo mejor, por decir algo, solo nos quede abrazar aquel instante, aferrarnos a su perfección, y con su impulso, sobrevivir al resto. No seré la tumba de esa incertidumbre, sino la promesa viva de un nuevo y necesario amanecer dorado.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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