Aquello que atraviesa el corazón


 

Supongamos por un momento, de esos momentos intermitentes e interminables, que hubiera más vida de la que podemos llegar a imaginar. Supongamos que además, esa vida se manifestara de mil maneras, sin poder nosotros entenderla, asimilarla, sospecharla si quiera. Supongamos que una de entre un millón de esas vidas invisibles e intangibles se manifestara en nosotros con algo tan simple, tan sencillo, tan inadvertido como pudiera ser un suspiro, un anhelo, un deseo profundo. Supongamos además que ese suspiro, que es vida, que es inteligencia, que es consciencia, nos atravesara el corazón, nos guiara de repente por una tierra inhóspita, por un mundo diferente.

Aquello que atraviesa el corazón existe. Podremos entenderlo o no, pero está ahí, esperando, sigiloso, atento. A veces se manifiesta como una alegría, como esas que sentimos en las tardes plácidas de verano, en los paseos por las alamedas verdes, brillantes, fluorescentes. Junto a la orilla de un río que nos invita a desnudarnos y zambullirnos para paliar el calor. Atravesando algún valle sinuoso, esos que en los tiempos estivales tienen la capacidad de susurrarnos canciones antiguas.

No hay un ápice de mal cuando el corazón nos habla con su sencillez, con su aplomo, con su constancia. La mayoría de las veces, tan distraídos que andamos con nuestras cosas, no tenemos capacidad de escucha. El corazón se dilata, a veces incluso nos grita con entusiasmo que es hora de vivir, con urgencia, cada instante. Sentimos cierto éxtasis cuando los anhelos de libertad absoluta se esmeran en perseguir las grutas y orillas de lo infinito. El corazón no para de señalarnos el camino, la verdad y la vida verdadera.

Si el corazón es vida, es verdad, es camino, deberíamos aprender en alguna parte la fórmula más certera para hollar sus sendas, para sentir sus latidos, sus constantes advertencias. La mente debería ser adiestrada para contabilizar el pulsar exacto de cada señal. El corazón, siempre amigo, es el que nos impulsa a cometer la mayor de las locuras, esa que tiene que ver con la premura de vivir. Nos susurra insistentemente, nos agita una y otra vez para que atendamos a su llamada inequívoca.

Aquello que atraviesa el corazón, a veces llamado amor, otras buena voluntad, otras inteligencia activa, no es más que un espíritu de los tiempos, un alma errante que peregrina de corazón en corazón, buscando dónde hallar consuelo, respuesta, movimiento. Su única aspiración es elevarnos hacia lo alto, hacia la consciencia más profunda. Solo desea enseñarnos que hay más vida de la que podemos imaginar. Solo desea indicarnos el camino hacia lo precipitado, hacia lo perenne.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 respuestas para “Aquello que atraviesa el corazón”

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