No estamos construyendo un templo. Es Dios el que nos construye a nosotros


Firmando libros para los primeros diez compradores del libro La Gestión del Misterio… 🙂

No estamos construyendo un templo. Es Dios el que nos construye a nosotros.
(Joseph Smith)

Nos preguntan a veces si creemos en Dios. Nunca encontramos respuestas adecuadas ante esa pregunta. No sabemos qué es Dios, pero sí, de alguna manera, podemos ver su Obra. Nuestra propia existencia honra la existencia de Aquel que nos creó. Dios fue el título del libro que unió a Emilio a esta empresa. Decimos empresa en su término amplio. Empresa como un espacio y un tiempo dedicado a Dios, o mejor dicho, a su extensa Obra. No nos referimos a ese Dios imaginado a nuestra imagen y semejanza, sino a ese Dios que entendemos como Misterio. Por eso, si el libro Dios nos unió y creó en nosotros una bonita amistad después de un año juntos promocionando al mismo, ahora le toca el turno al Misterio.

No sé vender, lo admito. El libro de Dios se vendía solo. Estaba empujado por Dios y la Providencia, como dice Emilio. Sacábamos una y otra edición. Eran otros tiempos. La gente tenía sed de Dios. Ahora la gente tiene miedo y tiene sed de miedo. Ya no se cree en la esperanza ni en la fe. Por eso es muy difícil recrear aquel milagro que posibilitó en parte la creación de O Couso. El librito La Gestión del Misterio pretende echarnos una mano con la construcción de la Escuela. En verdad es una Escuela de Misterios. La vida es un misterio, la meditación es un misterio, el compartir sin esperar nada a cambio es un misterio, la generosidad es un misterio. O Couso, que es una obra de Dios, es un gran misterio que aún sigue transformando y ayudando en la vida de muchas personas. Sigue siendo un lugar de esperanza, de fe, en un mundo con miedo. Por eso debemos potenciar el corazón de ese lugar con la creación de una Escuela de Misterios. Una escuela que nos enseñe a escuchar a Dios, o mejor dicho, a contemplar Su Obra, y de paso, a sentir la urgencia de actuar.

Esta mañana quedamos en la Diputación de Sevilla, donde trabaja, al menos aún por unos meses más antes de que se jubile. El tiempo pasa. Me recordaba sus tiempos en política, cuando tenía escolta y llevaba una vida tan diferente a la de ahora. Y yo recordaba mi otra vida, quizás también mis otras vidas, donde todas esas sendas me son familiares. Me daba pena, en cierta manera, el haber podido perder la memoria de tantas y tantas cosas vividas. La edad, decíamos. Pero no me refiero a esta edad diminuta y estéril. El alma conoce de otras edades, de otras vidas. El recuerdo de sí mismo es el recuerdo de todo cuanto pasó, pasa y pasará. Eso forma parte de la Gestión del Misterio. El recuerdo, y luego, una vez recordado todo, o al menos parte del todo, entrar sigilosamente en la urgencia de actuar. Ser constructores activos de la Gran Obra.

Me pregunto cuántas fuerzas nos quedarán para seguir actuando. Cada vez todo es más difícil. En cien, doscientos o quinientos años, la Tierra cambiará completamente. Habrá que volver a empezar. Habrá que elegir de qué manera podemos ser útiles a la Obra. Si eres agnóstico, o incluso ateo, todo esto no tiene ningún sentido. Pero si creemos en algo, no podemos mirar a otro lado. Nace la urgencia. Y esa urgencia se expande cuanto mayor es la mirada, la visión, el recuerdo. Eso también es un misterio. ¿De dónde nacerá esa urgencia? ¿Cómo mirar a otra parte con todo lo que hay por hacer? Agitar consciencias para que estas eleven un poquito su vibración y con ello salvemos una parte de nuestra propia especie humana no es suficiente. Como individuos no somos realmente nada, pero como almas grupales lo somos todo. Almas constructivas, almas que se reconocen, que se recuerdan una y otra vez. Y en ese poderoso recuerdo nacen las alianzas invisibles, los trabajos comunes y grupales, el objetivo último de cada encarnación.

Por eso la frase de Smith tiene tanto poder: no estamos construyendo un templo, es Dios el que nos construye a nosotros. Esa es la verdadera esencia de todo aquel que despierta a la visión urgente. Nuestros actos son insignificantes, pero provocan la oportunidad de que Dios, y su Misterio, se expresen a través nuestra. Por eso los Misterios de todos los tiempos serán compartidos para aquellos que deseen agitar sus consciencias, aquellos sedientos que deseen comprender la urgencia de vivir. Por eso hemos querido aportar nuestra pequeña estrofa en esa causa con este humilde libro. No es mucho, pero es algo, y todo va sumando en esta misteriosa construcción. Gracias querido Emilio por hacerlo posible. Gracias por la amistad y el trabajo Uno.

 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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