¿Te has vacunado?


Hospital improvisado en Camp Funston, Kansas, en 1918, ante la gran gripe de ese tiempo.

En todo este tiempo no he querido hablar sobre el Covid. Siempre pensaba que cuando fijas la mirada en el abismo (lo decía Nietzsche), al final el abismo termina penetrando en ti. Pero estos días se ha repetido la pregunta en varias ocasiones y sentía curiosidad por la reacción ante la respuesta. Al principio no me percataba, pero ante la recurrente pregunta, observé varias cosas. La primera es que se está dividiendo a la sociedad entre vacunados y no vacunados. La segunda es que los no vacunados empiezan a entrar dentro del segmento de disidentes, o negacionistas, o cualquier otra palabra que pueda estigmatizar al otro (los apestados de toda la vida, que decían antes). Lo tercero es que, de alguna forma, empieza a existir una especie de coacción encubierta que desea provocar una homogénea realidad, o al menos, una inmunidad “psicológica” de grupo. Algo así como: “si todos estamos vacunados, al menos estaremos más tranquilos”. Algo parecido a lo que ocurrió cuando no teníamos vacunas y nos hicieron pensar que con una mascarilla en la cara estaríamos a salvo. El miedo hace milagros.

Debo decir ante la pregunta y mi respuesta que no soy antivacunas ni negacionista, pero interiormente, al menos de momento, siento que no debo vacunarme. El motivo responde a varias cuestiones. El primero es que vivo aislado en una lejana montaña, en plena naturaleza. Aquí no hay metros, ni conglomeraciones humanas, ni asfalto ni contaminación ni suciedad. Desde que empezó la crisis de la epidemia, me he esforzado en hacer todos los días algo de deporte, paseos diarios, incluso coger la bicicleta o ir a correr. Tenemos una dieta más o menos sana y nunca nos falta alimentos. El agua es pura de un manantial y no vivimos bajo el estrés continuo de la ciudad. La ausencia de ruidos y de contaminación lumínica hace que nuestros cuerpos estén normalmente sanos, aunque esto no sea garantía de nada. Visto así puede parecer una posición privilegiada dados los tiempos que corren, o incluso una posición egoísta. Para mí no lo es, ha sido una elección de vida difícil, especialmente en los comienzos, cuyos frutos han sido, dada la crisis global, inesperados. Vivir con cierta coherencia, aunque esta coherencia no sea pura ni perfecta, ha tenido un resultado positivo.

El segundo motivo es que nunca me he vacunado de gripe, a pesar de que tan solo en los últimos veinte años la humanidad ha sufrido al menos cien epidemias o brotes mortales. Soy joven, o eso creo, y no estoy dentro de la población de riesgo. El Covid ha producido ochenta mil muertes más que otros años. Estadísticamente hablando, sobre una población de casi cincuenta millones de habitantes (hablo de España), esto supone un 1,7% total. La gripe de 1918 mató a unos 50 millones de personas, el 3-6 % de la población mundial. A pesar de los adelantos médicos e higiénicos de nuestra época, no hemos podido librarnos de una nueva pandemia, ni creo sinceramente que lo vayamos a hacer en el futuro. Cientos de epidemias y pandemias nos han asolado desde el origen de los tiempos y lo seguirán haciendo en el futuro. Podemos decir que nuestra sociedad no ha desarrollado servicios sanitarios capaces de dejar en el olvido a las pasadas epidemias. Siguiendo con las estadísticas, la epidemia del SIDA se ha llevado a más de cuarenta millones de habitantes. El Covid no lleva ni cuatro millones de muertes a nivel mundial. Esto supone un 0,05 %. Viendo estas cifras, objetivamente creo que hay mucho más de miedo que de realidad.

El tercer motivo es más filosófico que sanitario. El ser humano, a mi entender, se ha convertido en una auténtica plaga para el planeta Tierra. Esto significa que las pandemias aumentarán en un futuro no muy lejano, y debemos prepararnos psicológicamente para ello. Habrá muchas más catástrofes colectivas que las que ahora conocemos y el planeta se autorregulará de alguna manera ante nuestra ambición y depredación sin fin. Biológicamente hablando, el planeta no está preparado para nuestro nivel de destrucción, saqueo y rapiña. De alguna forma, nosotros nos hemos convertido en una plaga, en una epidemia, en un virus para la Tierra. Si como es arriba, es abajo, pronto la Tierra empezará a tener fiebre, se calentará (¿el calentamiento global?) y empezará a estornudar con más virulencia (¿las ciclogénesis y sunamis?). Seguidamente, enviará sus anticuerpos (¿los virus?) para protegerse de nosotros. Es posible que en unos años suframos un colapso a nivel mundial y la población merme considerablemente por alguna u otra razón. Si ponemos los datos sobre la mesa y repasamos la geopolítica mundial, no existe ningún plan global para paliar nuestra propia devastación, para decrecer urgentemente o para parar en seco la máquina de la ambición material.

Viendo y sintiendo esto, no se me ocurre vacunarme. Solo hacer deporte, vivir en la naturaleza, comer de forma consciente y vivir una vida lo más coherente que pueda. Si esta fórmula falla y enfermo y sobrevivo, lo viviré como una oportunidad para hacerme más fuerte y soportar así mejor las siguientes y seguras epidemias. Siento que nos espera un tiempo difícil, y siento que deberíamos prepararnos con urgencia. O al menos, prepararnos en consciencia, a conciencia.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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