Construyendo el ara


—Simón: Quisiera preguntaros dónde está vuestra logia. —Felipe: En el valle de Josaphat, fuera del alcance del chismorreo de las gallinas, del canto del gallo y del ladrido del perro. (Diálogo entre Simón y Felipe, 1740)

Allí estaba el maestro, sentado en el oriente, esperando paciente las primeras luces del amanecer. En occidente los vigilantes, persistiendo conformes el ocaso. Al septentrión, los aprendices que únicamente pueden oír y callar. Al mediodía, los compañeros que reciben e instruyen a los recién llegados bajo la sagrada geometría. Así todos permanecieron al inicio sin dinero, ni desnudos ni vestidos, ni de pie ni acostados, ni de rodillas ni alzados, ni descalzos ni calzados, sino en un estado correcto.

El templo es misterioso y oculto a los ojos profanos. Es tan alto como el cielo, y tan profundo como la tierra. De tal humilde construcción que solo los mansos de corazón pueden verlo y apreciarlo. Tres pilares sostienen toda la construcción, representando las sagradas líneas de fuerza, los tres primeros atributos, los tres primeros rayos que nacen del fuego cósmico: Belleza, Fuerza y Sabiduría. Cinco signos se realizan antes de entrar en esos misteriosos recintos: el signo pedestre, el signo manual, el signo pectoral, el signo gutural y el signo oral. De allí solo sale la palabra justa, y se reconoce la palabra perdida, y se administra el verbo sigilosamente con tres golpes dados a la puerta, el último después de un tiempo doble al primer intervalo, y con más fuerza. Todo bajo signos de escuadras, ángulos y perpendiculares. Todo para oír y callar los secretos.

Pero antes de que los verdaderos secretos puedan ser velados, se requiere la construcción de un taller, de un humilde cobertizo enramado, de una galería. Esa galería no puede medir más de cinco metros de diámetro por cinco, y debe ser octogonal, con una salida superior hacia la infinidad del cielo y otra inferior hacia la inmensidad de la tierra. Ambas unidas por un haz de luz, y entre ellas, una piedra labrada en las profundidades de la ciudad perdida, también conocida como la ciudad resplandeciente. Esa piedra, de color violeta lívido, debe ser oculta y resguardada hasta que pueda ser construido el templo y ser situada junto a la piedra angular. Allí se oculta el logos, el mundo, la palabra.

El nuevo templo debe ser construido para proteger allí los secretos del nuevo mundo. No es un capricho, sino una necesidad que surge del Aula de Sabiduría. Es el lugar donde se ritualiza la conexión necesaria entre cuerpo y alma, entre mente y espíritu, construyendo para ello el puente necesario. Para que eso sea posible, el templo pequeño debe ser purificado, libre de abandono o imprudencia, y a su vez, transparente. Una vez realizado, más de siete y menos de doce se reunirán bajo la atenta mirada del que está sentado al oriente y de los que vigilan desde el occidente. Una vez allí, la obra continua inevitablemente en la transmisión, en el devenir, en la profunda comunión con el ara.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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