La mente plana o el anhelo de experimentar una vida plenamente creadora


El profeta es alguien que critica abiertamente las injusticias de su tiempo.
Albert Nolan

La brecha digital no es realmente la desigualdad que existe entre las personas que pueden tener acceso o conocimiento a las nuevas tecnologías y las que no. La brecha digital es la capacidad de aquellos que deciden sustraerse de las limitaciones que la digitalización ha impuesto en nuestras vidas, y vivir una vida plena y consciente alejados de las injerencias digitales. Es decidir si apostamos por tener una mente plana y totalmente inútil, abstraída, distraída y paralizada ante la imposición de una tiranía encubierta que nos mantiene absortos e inanimados; o, por lo contrario, decidir vivir una vida plenamente creadora, ilimitada, llena de contenidos reales que nos empujan, muchas veces mediante el conflicto, a adquirir armonía, belleza y unidad con el mundo real.

Los místicos de vidas pasadas nos advertían sobre la necesidad de alejarnos de lo que ellos llamaban “el mundo mentiroso” para ingresar, a veces por asalto, por arrebato o por auténtico peregrinar en las fuentes del sacrificio, “al mundo real”. Esto solo era posible mediante una inevitable peregrinación al “desierto”, a la soledad, al encuentro con nuestros diablos, con nuestros conflictos interiores, para luego volver con el elixir y compartirlo grupalmente. En ese peregrinaje, el místico se transformaba inevitablemente en un profeta, y realzaba el entendimiento de saber que el deber del profeta es volver al mundo, abrazando sus complejidades. Pero, ¿cómo volver al mundo mentiroso cuando tras una inevitable crisis y un profundo conflicto se ha conocido, aunque sea vagamente, pequeños atisbos del mundo real?

Cuando algo se revela en el interior y se da muerte, de alguna manera simbólica, a la vida mentirosa del pequeño yo, nace la necesidad de experimentar la renuncia, la denuncia y el anuncio. Primero, uno renuncia a sus propiedades exteriores, a su vida mediocre, a su condición de mortal, a su vida plana y su mente plana y egoísta, arrinconada, digitalizada, aprisionada. Cuando se hace esa auténtica renuncia/liberación, nace la necesidad espiritual de denunciar lo penoso, lo caduco, lo irreal, lo inerte, lo mentiroso, lo injusto, lo perverso, lo egoísta, lo atroz. Esa denuncia es inevitable, porque de alguna manera señala aquello que en nosotros está por resolver, y de paso, aquello que queda por resolverse en el mundo. Y tras la renuncia y la denuncia, es necesario el anuncio de lo nuevo, de lo bueno, de lo justo, de lo realmente necesario. Esta es la vuelta profética, elixir en mano.

Si miramos nuestras vidas detalladamente, deberíamos interrogarnos sobre el grado de encarcelamiento conceptual que poseemos con respecto al mundo y a nosotros mismos. De alguna manera, somos prisioneros del planeta, pero también de nuestras fantasías, de nuestro mundo imaginado, de nuestro mundo plagiado y condicionado a lo ilusorio de la forma, de lo material. No podemos resolver esta encrucijada si no entramos directamente en conflicto con el mundo, con nuestro mundo, y nos rompemos interiormente. Esa ruptura, esa enfermedad del alma que se apaga en nuestro puro egoísmo, resuelve en parte la necesidad de vivir una vida más plena y estrechamente vinculada a lo real, a lo verdadero. El falso yo, vinculado aún al poder y a los bienes materiales, se esfuerza por mantener lo poco y caduco que ha ido acumulando a lo largo de la vida. Pero ese esfuerzo es inútil. La vida, tarde o temprano, nos arrebatará hasta el último aliento, hasta la última de las cosas acumuladas. Una empresa inútil.

¿Y de qué nos sirve esta ruptura cuando la única aparente recompensa será el rechazo y la traición? La respuesta siempre será la misma, ¿a quién realmente deseamos traicionar? ¿Podemos seguir traicionando a nuestra alma, al mundo real, a la vida completa a cambio de algunas migajas de comodidad y estrechez material? ¿Seguiremos obviando la llamada a hollar el sendero (ahora se presenta grupalmente) a cambio de una inútil vida plana, un egoísmo incipiente y una soledad absorta en la contemplación de las horas estériles? ¿Seguiremos viviendo en la mente plana, o más bien persiguiendo el anhelo de vivir una vida plenamente creadora? ¿Seremos tan ciegos de no ver que la vida real se resuelve en la revelación de las causas justas, renunciando y denunciando las injusticias y anunciando una alternativa justa a las mismas? Profetas y místicos. Ahora más necesarios que nunca, para anunciar la nueva buena, deberán despertar del mundo mentiroso y romper con lo viejo para anunciar lo nuevo. Solo esa nueva profecía podrá salvar al mundo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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