Importa más los motivos por lo que haces las cosas que las cosas que haces


Autorretrato con piedra, 1981 JUDY DATER/ MODERNISM, SAN FRANCISCO

 

“La mayor angustia de la vida es no ser sincero contigo mismo”. Robin Sharma

Mirarnos unos a otros, observarnos y potenciar con la mirada cómplice las ganas de abrazarnos. No importa las cualidades de cada uno, no importa los defectos, las imperfecciones. En el fondo, todos somos hermosos, necesarios, imprescindibles. No sobra ni falta nada. Cada cual hace lo que puede. Ama como puede, persigue sus sueños como puede, vive como puede. Es hermoso ver y observar. Es hermoso ver las mil razones por las que podemos estar agradecidos. Dan ganas de amar y dejar que otros nos amen. Dan ganas de correr por los prados y flotar por entre las flores vivas. Dan ganas de desear todos los días que el mundo llegue a la paz, a la madurez, a la quietud, para apreciar con mayor libertad la belleza de estar vivos.

Todo el día hacemos cosas. No paramos ni un instante, no sabemos parar. Solo el anestesiante ocaso o la promesa del nuevo día nos permite por un instante centrar la mirada, el tacto, el deseo. Las cosas que hacemos realmente no importan. Para el mundo son insignificantes, ridículas, inútiles. Pero los motivos, las fuerzas que hacen que hagamos esas cosas, eso sí que importa. Es la fuerza, el motor que subyace en todo lo que somos lo que requiere atención. ¿Qué nos impulsa a escribir, a pintar, a correr, a fotografiar, a relacionarnos, a cocrear, a compartir? ¿Qué es eso que hace que podamos sentirnos dignos de confianza? ¿Qué es aquello que nos empuja a resistir los devenires temporales de la existencia y seguir siempre agradecidos?

La primavera va entrando poco a poco. Las flores se entremezclan con cientos de partículas de vida. Llegan las primeras buenas temperaturas y con ellas, los cuerpos desnudos que yacen nocturnos. Se expanden las auras, se avivan los fuegos. Lo etérico parece cobrar más vida y lo humano se expande en ternura. Abrazar las noches desnudos, tocar nuestros cuerpos agradecidos, deambular por cada uno de sus siete centros observando con el roce de nuestros dedos qué ocurre, qué sentimos, qué anhelamos. Incluso en la soledad uno puede amarse, no como individuo, sino como parte de un colectivo mayor. Podemos tocarnos si nadie lo hace, podemos amarnos si nadie nos ama. Al hacerlo amamos también con ello no a nuestro pequeño yo, sino a nuestra inmensidad como representantes del alma colectiva. Al rozar nuestros cuerpos desnudos que yacen en descanso en las apacibles noches de primavera, también estamos abrazando, de alguna manera, la consciencia grupal. Cada vez que nos tocamos con ternura no solo amamos nuestro cuerpo, sino toda una generación, toda una saga.

No importan las cosas que hagamos, sino que las hagamos con entrega, con amor, con cierto grado de desesperación y entusiasmo. Puedes mirarte al espejo y amar y aceptar tus imperfecciones. Puedes mirarte en el espejo del otro y perdonar todas nuestras equivocaciones. Sería hermoso que pudiéramos deambular todos desnudos, sin complejos, sin moral estrecha, sin pecaminosa mirada y abrazarnos en esa desnudez. Sencillos, amables, amantes. Como si el día no existiera y solo quedara la noche. En la noche se difuminan las formas. En la noche el agudo grito de vida estremece cada instante, cada ensoñación. Por eso no importa lo que hagamos, sino los motivos que nos empujan a hacerlo. Si hay relación, si hay amor, si hay entrega, si hay generosidad, eso son motivos para que todo aquello que hacemos viva con luz propia. De la otra manera, en la soledad del egoísmo, todo se apaga, como un tallo que roza su fin, como una primavera sin flores, sin brisa, sin torrentes vivos de agua.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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