Atención, presencia y sensibilidad para llegar a la Sintiencia


Poco antes de las ocho la declinación solar envuelve la pequeña ermita con una luz especial. Emulando esa luz, encendemos la pequeña vela, que intenta imitar los misterios que encierran la brillantez del universo. Se crea siempre una atmósfera diferente, un vacío que te acoge y se revela. Hay entre sus piedras centenarias una llama viva, reminiscente, sempiterna, inspiradora. La ermita es un portal que te puede llevar más allá de los tronos y las potestades o a las infinitas moradas de nuestros corazones. También es un lugar de encuentro, y en ese encuentro de hoy, ella me hablaba de sus viajes por Latinoamérica, conviviendo en comunidades de calado espiritual que intentan profundizar todos los días en lo que llaman la APS: la atención, la presencia y la sensibilidad.

Al cerrar los ojos y golpear ritualmente con tres toques simbólicos el cuenco que compramos en la India , me prometí reflexionar sobre esa triada que encierra dentro de sí una enseñanza milenaria. Una vela que representa la luz. Un sonido que se vuelve trino, acudiendo con ello a la llamada del misterio. Un silencio, un vacío, un punto de quietud que nos abre la puerta estrecha y nos conduce hacia el mundo de los dioses y universos. Se abre ese momento en el que percibimos que el reino de la realidad es muy diferente al reino de la mente, y que a partir de ese momento, rigen otras leyes incognoscibles.

Primera morada. La atención. Me recuerda la palabra al ahora tan de moda mindfulness, la consciencia plena, la atención plena. Entre silencio, observo la respiración y penetro en la experiencia de la atención plena. En ella, desaparece el juicio, desaparece la separación, la crítica, lo diferente. Se unifican los planos, la luz, el sonido. De repente se escucha desde el vacío improvisado el canto de los mil pájaros, el caminar de los pequeños insectos que deambulan afanosamente entre hierbas y flores, la suave brisa atrapada en los esbeltos castaños y robles. La atención plena consiste en darnos cuenta de que la vida que nos recorre no nos pertenece. Es un manto, un océano infinito que compenetra todo cuanto existe. Observo atento desapegándome de mi yo para diluirme con el todo. Hay un acto de sacrificio, al mismo tiempo que nace una potente revelación.

Segunda morada. La Presencia. Tras conseguir cierto desapasionamiento hacia los pensamientos, las emociones, el ánimo, las sensaciones corporales y al ambiente circundante, ocurre la potente revelación. Algo se manifiesta, algo más grande que nosotros, algo que Santa Teresa expresó con bellas palabras: dilectus meus mihi et ego illi. No hay tiniebla ni claro día, ni memoria del presente, solo un flujo excitante de vida que carece de atributo. No se puede describir la Presencia, el Ser expuesto a la nada de la vida efímera. En lo transitorio y fugaz, la Presencia no se puede atrapar, ocurre en un instante que se torna infinito, un halo de luz que se torna llama resplandeciente. Sentir la Presencia manifestándose en nosotros es sentir de repente la llamada de clarín, el poderoso grito del alma arrasando con sus pléyades todas las pequeñeces de la vida.

Tercera morada. La Sensibilidad. Y uno se pregunta, tras varios infinitos de contemplación, qué hacer con todo eso que se siente cuando cierras los ojos en la vacuidad del cosmos, representado por esas centenarias paredes consagradas al espíritu. Es ahí cuando nace la sensibilidad y el deseo de poder compartir la experiencia, de alentar de que hay más vida más allá de nuestras limitadas finitudes. De agitar las consciencias para que despierten y de elaborar un plan que libere a los prisioneros del planeta. La Sensibilidad nace y se expresa hacia todos los seres sintientes. Lo sensible se transforma en sintiencia, el reconocimiento de que todos los seres tienen capacidad de sufrir, de sentir, y por lo tanto, todos los seres debemos respetar la vida de los otros seres. La Sensibilidad es darnos cuenta de ello, gracias a la Atención y la Presencia, y poder obrar en consecuencia. Los no humanos también son seres sintientes, y la no violencia hacia todos esos seres es la poderosa revelación de nuestro tiempo. Es ahí cuando entiendo toda la revelación. Es en ese punto cuando comprendes, una vez cerrada la meditación, que toda vida merece ser apreciada con sagrada mirada, con especial respeto. La Sintiencia sería la culminación de una vida bondadosa, replegada al entendimiento de las formas, de la Vida, del sentir.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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