Mística, plan, síntesis


Llega la nueva era de síntesis. Llega despacio, como lluvia fina que cae en una pradera verde amasada por el tiempo postdiluviano. Llega la luna llena de Géminis, la que llaman el festival de buena voluntad, una de las tres lunas más importantes en las celebraciones espirituales. Llega la visibilidad del plan, un plan invisible para la Tierra oscura, para la propia humanidad, pero cada vez más palpable y sensible. Y en esa llegada descubrimos que todo tiene un plan, todo se mueve bajo un plan. Respiramos por un plan, convivimos por un plan, realizamos nuestras tareas que se ordenan por un tipo de plan personal. Todo está sometido a ese plan que desconocemos. Y es así como celebramos, sin darnos cuenta, la vida que goza de su propio propósito. La belleza que se expande cuando la calma atraviesa nuestras mentes, cuando el punto de quietud se ancla en nuestros corazones, cuando la inofensividad gobierna nuestras vidas.

El correcto camino es aquel que dicta nuestras entrañas. Nuestro cuaternario equilibrado e integrado representa la fuerza que nos empuja. Cada uno tiene su propósito, su plan, su camino. No podemos interferir en el camino de los otros, pero sí alentarlo, avivarlo, potenciarlo. En esas andábamos cuando llegaron los ferros del libro la Gestión del Misterio. Lo celebramos en la Abadía, junto al río, cerca del puente antiguo. La arquitecta mostrando con su entusiasmo los avances de los planos. Aún no sabemos si esos planos se manifestarán o no en la tierra, pero no nos importa, porque están en el cielo. Está el plan, y nosotros somos sus constructores. Si hacemos bien nuestro trabajo, si obramos en el correcto camino, la obra se llevará a término. La mística de la vida funciona así. Cada cual cumple con su parte de la mejor manera que puede, desde el desapego, desde el desapasionamiento de la vida mortal, desde el sentir profundo.

Ahora en los bosques reviso las últimas pruebas. Todo parece que está bien. Daré el visto bueno sin esperar más. Se presentan tiempos de mucho trabajo al mismo tiempo que la aventura se despliega sin reposo. Pienso que la mística es necesaria para comprender totalmente la existencia. La mística te hace ver aquello que la pura razón no puede ni tan siquiera imaginar. Quizás para algunos la mística no sea más que una cuestión de locura, pero de ser así, estaríamos enjuiciando la locura colectiva pues todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos experimentando ese latir del corazón especial, ese anhelo superior, esa belleza que transpira la calma existencial. Y si nunca lo hemos hecho, es que no somos humanos completos, y andamos aún navegando en las antiguas narrativas de lo superfluo.

Cada momento es místico en sí mismo si sabemos pararnos un instante, concentrar nuestra atención en la respiración, en la vida que nos recorre, y luego observar como esa vida que creíamos nuestra, se fusiona con todo el entorno. De repente te sientes flor y pájaro, árbol y montaña, y de repente, todo respira al unísono. Y es ahí cuando entiendes el plan, el propósito, el anhelo. Es ahí cuando sospechas que todo tiene un sentido profundo, mitad azar, mitad improvisación, mitad ingeniería, arquitectura, ciencia, jerarquía. Es como si la geometría de los ángulos se fusionara con la aritmética de los números, con las estrellas y la música al mismo tiempo. Es como si el quadrivium se fusionara con el trívium y las siete artes fueran de repente una sola. Es como si todo tuviera cierto sentido y todo, de alguna manera, fuera mística, plan, síntesis.

 

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