La regeneración del ser humano


 

La naturaleza se regenera una y otra vez. Cada primavera es un canto a la vida, a la esperanza, al bullicio cósmico y todo su resplandor. El ser humano, sin embargo, degenera una y otra vez. Solo hay que escuchar la música de este tiempo, la literatura, la cultura y ver con horror las nuevas guerras. Ya vamos por doscientos muertos en el conflicto con Gaza. Nunca vamos a parar esta tragedia. Nunca habrá entendimiento posible.

Por eso cada día me arrincono más, me alejo más del ser humano. Incluso me negaba a escribir porque nada bueno podía aportar ante tanto horror. El ser humano me crea desconfianza y temor. Hoy un vecino presumía de que había abatido cuatrocientos árboles en un par de días. No podía creerlo. Otro presumía de que sus terneras nunca veían la luz del sol porque así podían engordar más rápido si no se movían de sus dos metros cuadrados de cuadra. Llegan al matadero más gordas y se pagan a mejor precio. Lo peor no es esa aparente barbaridad, lo peor es que luego haya gente que descuartice los miembros de ese ser vivo y los ponga ensangrentados en una sartén para palidecer de gusto durante un par de minutos. Esa hecatombe es mundial. Y nadie dice nada. Todos comen ensangrentados y tranquilos ante esa “normalidad”.

Todo está concatenado. Hay un vínculo invisible entre la sangrienta guerra, los árboles abatidos para crear pastos, la irracionalidad de nuestros alimentos, la pobreza de nuestras almas. Me pregunto si el ser humano tendrá capacidad de regenerarse algún día, como lo hace ahora la naturaleza. Quizás, sin darnos cuenta, estamos siendo testigos del ocaso de una civilización, de un tiempo, de un mundo. Quizás estamos asistiendo al hundimiento de toda una humanidad, o al invierno de la misma. Y quizás, tras ese hundimiento, todo se regenere de nuevo. Quizás venga un nuevo diluvio, una nueva destrucción de Sodoma y Gomorra, quizás esté cerca el próximo Apocalipsis.

Permanecer callados. Ese es nuestro empeño para regenerarnos. Veintiún días de silencio, aunque lo ideal serían veintiún años de silencio. El ser humano debería callar, debería volverse compasivo, debería olvidarse de sí mismo y entregar su vida a la mejora del mundo. Reconozco que la sangre derramada estos días me ha afectado y paralizado el alma. Quizás porque amo ese país sin apenas conocerlo, quizás porque la sinrazón humana cada vez me afecta más. Sí, es cierto, diez años desde el 15M. Aquellos que luchaban para mejorar y perfeccionar el sistema, y que ahora, diez años más tarde, son esos riders que reparten comida rápida a domicilio. Esa ha sido la verdadera revolución de estos años de indignación.

En el ocaso de esta noche lo insoportable sigue siendo lo humano. Depredador, invencible, explotador, sangriento. Desde lo que come hasta lo que dice hasta lo que hace con guerras estúpidas. Sí, vamos a tomar una copita y así olvidamos nuestra propia degeneración. Vamos a disfrutar de la industria del entretenimiento, porque mientras estamos dormidos y entretenidos no tenemos tiempo de cuestionarnos nuestra patética vida. Sí, vayamos a embriagarnos en fiestas y más fiestas. Menuda paradoja. Eso ha sido lo más revolucionario que esta época ha conseguido: las fiestas clandestinas. Viendo el panorama, creo que esta pandemia solo ha sido un aviso de lo que ha de llegar. Nos lo hemos ganado a pulso.

Lo siento, pero me retuerce por dentro el estar viviendo aquí en este hermoso paraíso, verde, cargado de bosques, de flores, de hierba, de animales felices que deambulan libres de un lado para otro mientras que un poco más allá, no tan lejos, otros se relamen la sangre recién sacrificada.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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