Queremos tener más y a lo mejor el secreto de la felicidad es tener menos


 

Guardo los recuerdos como tesoros en mitad de la noche, en el frío bosque, entre hierbas y amaneceres. Toco las penumbras mientras quema el incienso, mientras adoro a los dioses invisibles y les pregunto cómo puedo ser útil. Observo en el silencio toda la vida, expuesta a veces en diminutos seres que saltan a la cama, se agolpan en los rincones oscuros o se deslizan con forma de araña, de mariposa o murciélago por cada universo perdido.

La vida no deja de ser un suspiro. La mónada que nos habita lo vive como una experiencia única e irrepetible. El alma es como una semilla que necesita de nuestro cuerpo para germinar, para crecer, para abrazar todos los secretos de la existencia. Medito sobre ello, lo escribo en mil relatos. Lo decían los antiguos. El nous muere en el soma, y es ahí, en la muerte crepuscular de la simiente, cuando brota la vida de nuevo. El segundo nacimiento de los místicos. La sublime resurrección de la vida.

Los frutos no importan. El mayor de los frutos es ser conscientes de que realmente no somos lo que creemos ser. Ni siquiera somos algo separado del resto. Esto resulta extraño. Pero en verdad solo somos potencialmente unidad. El secreto, de haberlo, es tomar consciencia de ellos, de todos los seres sintientes, y darnos cuenta de que ya no tenemos necesidad de acumular nada, de presenciar nada, tan solo abrazar esa unidad. Tan solo admitir que somos instrumentos de la vida al servicio de la perpetuidad.

Cuando miro el bosque desde mi ventana no veo un árbol, una flor, una madreselva. Veo un conjunto, una unidad que existe gracias a la compañía del otro. No hay ciertamente separación en el bosque. No puedes saber cuántos abedules hay o cuántos robles engloban esa unidad. Realmente no importa. Miras al cielo y solo ves copas deslumbrantes. Miras a la tierra e imaginas su manto plagado de raíces. El secreto del bosque es ser bosque. El secreto del árbol es ser árbol. El secreto de la flor es ser flor.

¿Cuál es entonces el secreto humano? Si profundizamos en ello la pregunta puede resolverse en complejas respuestas. Decimos complejas porque el ser humano ha dejado de ser humano, y de ahí viene la complejidad. Hemos cambiado el ser por el tener, y es ahí cuando perdemos nuestra esencia. Aquel tiene tanto y el otro tiene cuanto. Pero nada sabemos de su ser, de su unidad invisible, de su capacidad para relacionarse con su familia espiritual, olvidada en la desconexión de nuestro tiempo.

Olvidamos el océano del que venimos, olvidamos que todo es de todos y que todo nos pertenece. Olvidamos que el secreto de la felicidad no es tener cosas, si no más bien dejar de necesitarlas. Queremos tener más, y a lo mejor el verdadero secreto de la felicidad es tener menos. Cuando tienes menos la vida se simplifica. Cuando la vida se simplifica el ser reaparece, se expande, nos susurra. Prosperar no es acumular, no es tener. Prosperar es levantarse por la mañana y sentirse uno un ser humano completo, amable, dócil, hermoso, generoso, inofensivo. Es darnos cuenta de que el bosque es bosque, la flor es flor, el árbol es árbol, y nosotros, somos, sentimos, nos movemos y tenemos nuestro ser en ese conjunto infinito de vida.

Menos es más. El camino de lo sencillo nos lleva hasta el corazón de nosotros mismos. El tiempo se estira, la vida se expande, la duda desaparece y lo bello renace con vigor en cada muestra de existencia. Todo resucita ante los ojos de aquel que, desprendido de sus posesiones, navega libre por los océanos de la incertidumbre.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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