Cómo romper con la figura del gurú


 “Porque en esto, ni hay docente, ni alumno, no hay líder, ni gurú, no hay maestro ni salvador. Tú mismo eres el profesor y el pupilo. Tú eres el maestro, el gurú y el líder…Tú lo eres todo. Y entender es transformar lo que existe”. Jiddu Krishnamurti

Es muy difícil hoy día no caer en la somnolencia producida por un gurú, un maestro o cualquier otro tipo de autoridad carismática. En muchas ocasiones, las necesidades no cubiertas de la infancia o las carencias que en ella se vivieron se reproducen de forma análoga en la inmediatez de la edad adulta. Hay muchas personas que encuentran en alguna ideología, creencia o dogma un sustituto perfecto para esos vacíos existenciales. Y si esas ideologías, creencias o dogmas vienen acompañadas de la mano de un ser carismático, el coctel es perfecto. Esto crea una dependencia emocional que a veces incluye una dependencia económica e intelectual, siendo guiados, sin darnos cuenta, hacia una nulidad de nuestra propia identidad y propósito personal.

Es muy frecuente que por la “Hermandad del Espíritu Libre” lleguen todo tipo de personas que van buscando ese tipo de figura. Por eso, cuando se identifica esa necesidad de dependencia personal, se rompe con el glamour de cualquiera que pudiera estar ejerciendo algún tipo de autoridad carismática. Estamos convencidos de que, en esta nueva era, la autoridad debe ser grupal, y nadie, por más que destaque, puede interferir en esa idea. De ahí nuestra insistencia en la emancipación personal y en la no afiliación a nada ni nadie, si no es expresamente realizada desde la más absoluta libertad, autonomía y emancipación.

Intentar “matar al Buda”, como dice el antiguo koan oriental, es imprescindible para poder ejercer nuestra libertad. Los cantos de sirena de unos y otros a veces nos hacen modificar nuestras vidas hacia los caprichos aleatorios de terceras personas que solo nos utilizan, la mayoría de las veces de forma inconsciente, para satisfacer sus propias necesidades de aceptación y admiración, reconocimiento y vacío. Nuestras brechas emocionales, nuestros anhelos incumplidos, nuestras decepciones vitales, nuestras rupturas o carencias son caldo de cultivo para caer en las redes invisibles de la dependencia, muchas veces encubierta y disfrazada de amabilidad, conocimiento o sensibilidad excesiva.

Cuando alguien se acerca con ese tipo de necesidades, mostramos todo nuestro abanico de imperfecciones, sacamos nuestra mejor versión del payaso que llevamos dentro y rompemos con cualquier tipo de autoridad que pudiera ejercerse de forma consciente o inconsciente. A continuación, llega repentinamente una gran decepción por parte de la persona que reclama a viva voz ser víctima de los tentáculos de cualquiera que se le cruce en el camino. Para nosotros, esa decepción es un acierto, porque de alguna manera deseamos insertar la idea de que las personas sean completamente libres, independientes y pensantes, autogobernadas y soberanas.

Muchas veces no somos del todo conscientes de esas redes de dependencia que creamos en otros, o que otros crean sobre nosotros. Están tan disfrazadas que resultan difícil poder reconocerlas. Son dependencias insanas, que a la larga provocan un colapso en la personalidad. Poseer poder, o carisma, es una responsabilidad que hay que administrar con sumo cuidado para no crear codependencia. Unos por necesidad de admiración y los otros por necesidad de estima. El ego no sujeto a los designios de la consciencia a veces es tentado y tentador. Romper ese fino hilo es tarea ardua.

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