El alma. Ese gran océano


© Olivier Robert

“Almas pasajeras, vais a comenzar una nueva carrera y a entrar en un nuevo cuerpo mortal. No será hado quien os escogerá (…) La virtud, empero no tiene dueño; cada quien participa de ella según la honra o la desprecia. Cada cual es responsable de su elección, porque Dios es inocente”. La República de Platón

La ley del servicio es muy clara en sus tres aspectos interiores. El primero es inofensividad, en actos, palabras y pensamientos. El segundo, es dejar que cada cual pueda servir según sienta. El tercer aspecto es permanecer y obrar desde la alegría, alejándonos de la crítica, la división y la tristeza.

Dicen que nos definen nuestras acciones, y no nuestras palabras. Nuestras acciones nos empujan a engrandecer nuestro ego o a volverlo transparente, casi invisible, para que el trabajo de la unidad cobre importancia. Dicen que si queremos cambiar el mundo, debemos empezar haciendo nuestra cama. ¡No os vayáis de la Tierra! Gritan a aquellos que creen que su misión ha sido cumplida y desean “volver a casa”. Dicen que la restauración de los misterios se hará a la luz del día, en un tiempo clamoroso, porque nadie verá. Dicen tantas cosas…

El egotismo es robusto. El orgullo nos invade. La gracia de todo es que en el fondo todo es gracioso. Todo se derrumba cuando la vida te estruja el pecho. Duele, crees morir, te desmayas de dolor hasta que de repente te levantas en un hospital y nada tiene sentido porque puedes partir en ese instante, dejando toda la obra inacabada, todo sin hacer, con todo aquello que pudo haber sido convertido en nada. El dolor te oprime y te reduce a cenizas toda ilusión, toda confusión, todo ardor. Te tumba y te pregunta si deseas seguir viviendo o, por el contrario, te rindes ante el sufrimiento, la pesadez, el tedio, y todo cesa.

¡Cuesta tanto recordar! ¡Cuesta tanto ver las vaporosas y sempiternas energías recorrer todos los cuerpos vivos! ¡Cuesta tanto rasgar el velo! ¿Cómo abandonar ahora? ¿Cómo retroceder una vez más? De nuevo el egotismo robusto.

Cuando la muerte acecha uno se rinde. Se arrodilla, se mezcla con el dolor y el karma mundial. Palidece, se ofusca. La renuncia material no es suficiente porque aún queda una renuncia aún mayor. La muerte del ego, y con ella, la resurrección del alma. El descubrimiento terrible es saber que el alma no es tuya. No hay un “yo” alma. El alma se fusiona en lo grupal, y el “yo” desaparece. De hecho, no existe realmente algo parecido a “un” alma, sino más bien al Alma, a la colectividad de Almas que conforman el Gran Espíritu, el gran océano que somos. Y allí no hay ego, ni personalidad, ni pensamientos ni emociones que uno pueda recordar amablemente. Allí nada es heredado, nada nos pertenece.

La cultura en la que vivimos nos intenta imponer la creencia de que el renacimiento incluye sobrevivir a cierta memoria. Es cierto que hay una memoria colectiva que prevalece en los genes materiales y psíquicos de la humanidad. Cuando recordamos supuestamente vidas pasadas, estamos recordando vidas pasadas de nuestros ancestros, cuyas memorias permanecen ocultas en nosotros, en nuestros propios genes, fruto vivo de su legado. Pero el alma no tiene memoria de vidas pasadas, ya que su aprendizaje es colectivo, grupal. Cuando uno de nosotros muere, lo hacemos de verdad, y al hacerlo, el alma colectiva y grupal se enriquece de nuestra experiencia y crece, se ensancha, se expande. La gota de agua que somos se fusiona en el gran océano de la vida, y al hacerlo, ensancha el río, el mar, pero no su individualidad, efecto de la gravedad, de una corta vida, de un instante de pesadez y gravitación. La gota desaparece en el gran océano, al igual que nosotros desaparecemos en el invisible mundo de las almas, del Alma océano.

La ley del servicio expresa esta realidad. Debemos disponer de una profunda inofensividad para comprender esta realidad. Debemos dejar que cada gota caiga allá donde haya sido requerida por la gravedad del instante y debemos integrarnos en el gran océano del espíritu desde la alegría de haber cumplido con nuestra parte. Al hacerlo, moriremos en la humildad más absoluta y nada, absolutamente nada, ni tan siquiera nuestra memoria, vendrá con nosotros, al Nosotros. Todo lo que es de la tierra, en la tierra queda, y aquello que pertenece a lo intangible, a lo incoloro, a lo invisible, allí rebrota anónimamente. Esa es la gran transfiguración, la gran renuncia, el gran sacrificio del que nadie habla. Esa es la inofensividad y la alegría a la que nos enfrentamos cuando hayamos cumplido libremente con nuestra parte. Realmente, aunque no lo creamos, “volver a casa” es volver a desaparecer, una y otra vez.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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