Shraddha


Krishna y Radha, la pareja cósmica… 

 

“Tu verdadera preocupación solo debe ser la acción del deber, no los frutos de la acción. Arroja de ti todo deseo y miedo por los frutos y lleva a cabo lo que es tu deber”. Krishna a Arjuna en el Bhagavad Gita.

Llega la primavera y dan ganas de enamorarse. Iríamos hasta el fin de la tierra si hiciera falta, hasta los límites de lo insospechado si se diera un solo resquicio de oportunidad. Pero luego recordamos en qué mundo vivimos y en la imposibilidad de mirarnos al espejo y no salir corriendo, y desistimos. Ya no vamos buscando por ahí una hembra exuberante como la que Bloom describía en el Ulises de Joyce. A ciertas edades, no se trata de belleza exterior lo que se busca. Más bien de complicidad, pero no de cualquier complicidad, ni a cualquier precio. La complicidad de la que hablamos tiene que ver con la shraddha oriental, la fe perfecta, la que practicaban los antiguos upāsakas y upāsikās. Es algo aún incomprensible, pero confiamos que alguna vez, tras el final de los tiempos, tras el final de la tierra, se dará.

La primavera tiene estas cosas. Ese impulso de vida exuberante, esa brillantez radiante en cada atardecer infinito. Los soles que adumbran una y otra vez en estas fechas traen consigo la resplandeciente esperanza de la vida. Añoramos aquel tiempo, ya casi pletórico, en el que la primavera era potencialmente significativa para el olfato, para el deseo, para la explosión vital. Desistir a la aventura, a sabiendas de las consecuencias finales, nos vuelve prudentes, casi diríamos que disidentes en cuanto a contingencias incontroladas. Sí, dan ganas de dejarse llevar por cualquier oportunidad volcánica, por cualquier erupción nocturna, hechicera, cargada de fuego y lava. Dan ganas de abrirse al despecho descontrolado y sofocar a base de agua y lagrimal todo cuando explote en las manos. Sí, llega la primavera y dan ganas de volver a enamorarse… pero esta vez con shraddha.

Pero luego, luego miramos el mundo… La ambiciosa meditación nos aparta de nuestra propia naturaleza y sus placeres. Nos aleja de la idea incomprendida aún de que quizás pudiéramos de nuevo enamorarnos o ser conquistados por la belleza extenuante de una ráfaga inmortal. Podríamos pensar que tras el velo de cualquier portal andará de nuevo la semilla esperando, el porvenir de la raza, el encanto de sabernos un dios al transmitir vida tras vida la inmortalidad. La saga imperecedera de la carne, interrumpida por este mundo actual, por estos tiempos, parece morir hambrienta. De forma contundente lo decía Daniel: “y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, estos para la vida eterna, aquellos para oprobio, para eterna ignominia”. Es una profecía zoroástrica sobre el fin de los tiempos, el fin de la tierra, la finisterra. Un tiempo en el que la primavera dejará para siempre de inocular vida, volcán y fuego en los amantes sempiternos, alejados para siempre de la shraddha.

Estamos de nuevo como en el final de una era caballeresca védico-aria. Un final de los tiempos donde el amor ha dejado de expresarse y de tener valor. Un momento de dolor, de cierre, de estreñimiento. Terminó la era del uncir, del verdadero yoga, del acoplar una cosa con la otra. Buda expulsó al testigo y nos llevó hacia la era del conocimiento puro, donde el amor primaveral ya no tiene sentido. El gran santo indio Ramakrishna contaba que una mujer se le acercó una vez para confesarle que había dejado de amar a Dios. “¿Entonces, no hay nada que usted ame?”, le preguntó él. Ella respondió que amaba a su pequeño sobrino, y él le respondió: “ahí, ahí está su Krishna, su ser amado. Al servir a esa criatura, estás sirviendo a Dios”. De igual forma cuenta la leyenda que el pequeño Krishna nos hizo venerar a las vacas, porque allí, en ellas, también estaba Dios.

Quizás en estos tiempos de confusión, de falta de primaveras, de volcanes y erupciones, tengamos que empezar amando lo sencillo. Todo aquello que nos rodee y produzca auténtica devoción. Y podríamos con ello pensar que, empezando de nuevo, como los antaños caballeros de la era védico-aria, quizás podamos aprender a amar, aprender a explosionar con la primavera, y llenar nuestras vidas, de vida, de shraddha.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s