Al margen del agua


Lu Zhishen arrancando de raíz un árbol, en el relato al Margen del agua, en el pasillo largo del Palacio de Verano. Siglo XIX.

 

El amor débil e incierto, que diría Tagore, nos expulsa del paraíso de la continuidad. Suplicamos abrazar las certezas mientras vemos como todo se escurre entre las manos del tiempo. Los deseos abordan nuestras vidas. Nos levantamos deseosos. Nos acostamos deseosos. Promulgamos deseos inconexos, sin sentido, abrazados a polos opuestos, divergentes. No somos capaces de honrar la sencillez, y menos aún de volvernos sencillos y dóciles a la vida. La soberbia, el glamour, la ilusión nos atrae mucho más que la propia vida. El camino se estrecha cada vez que intentamos aproximarnos a la puerta del misterio. Se estrecha y estrecha y vemos que no podemos entrar. Demasiado equipaje, demasiado peso.

Los reyes siempre nos son más propicios que los locos, los vagabundos o los payasos. El poder nos atrae más que la sencilla puesta de sol. Nos demoramos perezosamente cuando tenemos que arriesgar algo que para nosotros es valioso. Olvidamos la verdadera meta de la vida porque, tan distraídos como estamos, no somos capaces de comprender a qué hemos venido al mundo. Día a día, a base de continuos rechazos, nos apartamos de la existencia. El deseo nos puede, nos inunda, nos aparta.

Cuando la puerta se vuelve totalmente estrecha, debemos vigilar nuestro estómago, todo nuestro cuerpo. Es fácil verlo engordar cuando el deseo nos subyuga. Se crea una capa creciente que intenta apartarnos de todo lo real, y de paso, protegernos. Es una protección que deriva de nuestras propias contradicciones. Por eso, cuando vemos que el abdomen crece excesivamente o nuestras carnes se inflan hacia fuera, es importante perseguir la raíz del hinchazón. La propia sociedad engorda. Se protege, se esconde, se marchita. Adelgazar el cuerpo solo es posible cuando se adelgaza el alma, y eso solo es posible con sacrificio. Lo que uno come, lo que uno habla, lo que uno hace, deben estar siempre en sintonía. Nuestras acciones diarias deberían ser un campo de entrenamiento mucho más poderoso que aquellos que durante años ofrecían entrenamiento en duras condiciones.

Mencionan algunas crónicas que había un personaje llamado Lu Zhishen, también conocido como el Monje Loco. Era un monje apartado de la doctrina. Dejó de meditar, dejó de ofrecer servicio, dejó de practicar la enseñanza. Cometió tantas imprudencias que se vio obligado a ocultarse en los márgenes del monasterio de la montaña Wutai. Este monje que bebía vino, comía carne y al que le gustaba pelear vivía siempre al margen de las aguas del monasterio. Las crónicas mencionan abruptos relatos de muchos monjes que vivían al margen de los monasterios debido a que violaban una y otra vez las reglas y doctrinas elementales. Los discípulos que irrumpen e incumplen las reglas básicas de la iniciación viven siempre al margen, bajo el prisma del deseo, incumpliendo las reglas básicas de comportamiento iniciático, engordando con sus deseos y sus distorsiones. Sus cuerpos delatan sus hábitos, sus miradas serpentinas irrumpen con fuerza en la poderosa llama astral, atrayendo hacia sí divergentes líneas invisibles. Navegan entre la luz y la oscuridad, pero siempre fuera del templo.

Vivir al margen del agua requiere disciplina, reconocimiento de la antigua doctrina, silencio mental, silencio astral, silencio material, inofensividad. Cuando Lu Zhishen bebía vino y comía carne estaba despreciando el camino, estaba apartando la mirada de la inofensividad necesaria para hollar el sendero estrecho. Por eso lo apartaban del ashram, del monasterio, y por eso deambulaba perdido a las puertas del templo, ebrio, violento, cegado. El amor débil e incierto, que diría Tagore.

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