Desarrollando el ojo interior


Las tres crisis que el ente humano encarnado pasará a lo largo de su larga evolución son la crisis de la Individualización y el nacimiento de la personalidad, la crisis de la Iniciación y el nacimiento del Ego y la crisis de la Identificación con el advenimiento de la Mónada. Los antiguos lugares de culto como los tohua de las islas Marquesas servían para el rezo y profundizar en la vida sagrada pero también como lugares de reunión social. Las iglesias siempre desempeñaron ese papel de comunión entre las gentes de un pueblo, villa o comarca. Las parroquias crecieron abundantemente a medida que la socialidad requería de mayor argamasa psíquica, produciendo en su interior el crecimiento de la razón y el nacimiento de la personalidad individual. En la época de las seis dinastías los chinos buscaban mediante el taoísmo el elixir de la inmortalidad. Toda conquista del espíritu requería una interacción inevitable en templos, hasta que Descartes pronunció su célebre “Je pense, donc je suis”. Eso fue revolucionario porque por primera vez tuvimos consciencia de nuestro pensamiento autónomo e independiente, de nuestro “cogito ergo sum”. Estaba naciendo la consciencia individual, y por lo tanto, de alguna manera efectiva, la mirada interior.

Así que un día alguien se levantó y se dio cuenta de su propia existencia. Como expresa un antiguo verso berlinés, “estoy sentado en casa comiendo albóndigas, de repente llaman a la puerta. Me sorprendo, me extraño, me asombro, me dirijo a la puerta, abro y miro, ¿y quién está ahí afuera? ¡Yo!” A partir de ese instante, la vida cambia para siempre, el sujeto queda enfrentado al objeto, el individuo con el mundo y el mundo con el cosmos infinito. El poder de la razón socaba al poder de la socialización, la superstición y la creencia, y nace el individuo.

Pero ese individualismo que crea el dualismo tiene los días contados. Ese “yo” que ha dominado nuestras vidas durante decenios se asombra de nuevo ante una nueva realidad. El ojo interior se empieza a desarrollar, y al hacerlo, un nuevo descubrimiento se afianza entre nosotros, el Ego. ¡Ya no soy yo, ahora somos de nuevo nosotros, pero esta vez desde una posición más privilegiada, más aritmética, más intangible! No un nosotros supersticioso o social, sino más bien invisible, carente de identidad, forzado en el alumbramiento de una nueva cosmología. Más allá del gusto, del olor, del calor y el color, más allá de los obstáculos infinitos de la materia, con sus crisis, con sus diferentes grados de tensión, e incluso, más allá de las matemáticas, la lógica y la razón agrupados en la extensión, la figura, el movimiento y el número, subyace para la ávida inteligencia un sustrato superior. Eso provoca crisis, y por lo tanto nacimiento de algo nuevo.

La construcción del ojo interior crea un puente inextinguible entre el delicado yo y aquello que la tradición antigua llama alma o Ego. El alma, carente de limitaciones, se expresa desde una superioridad indefinida, sin ansias de poder, sin control, sin temor a una muerte violenta o a un sufrimiento indecible. Nace el sentimiento de haber sido iniciado en los misterios, los menores y los mayores, los cuales desencadenan en nosotros la construcción de algo que va más allá de los límites de la personalidad, del yo individual y el proceso de individualización.

Esa crisis crea una nueva crisis que Leibniz llama la mónada. Portador de fuerza, a este infinito átomo espiritual se la conoce de mil maneras. La claridad del reflejo de estas mónadas nacidas ante la inevitable construcción del átomo de vida, ante el poder sustancial de la mirada interior tejida en el silencio, la oración y la meditación concienzuda, provocan en el ser un apetito, un impulso, una actividad interna inconmensurable. Es la crisis de la identificación ya no con algo que somos nosotros, sino con algo que ya no nos pertenece, pero algo a lo que al mismo tiempo, formamos parte.

¿Qué miedo habremos de albergar cuando dicha construcción provoca en nosotros el nacimiento inevitable de un alma viva? ¿Qué clase de teodicea provocará en nosotros la comunicación directa con el mundo de las almas? ¿Qué clase de vía dolorosa dejaremos atrás, cuando venciendo aquellos miedos y angustias hayamos atravesado las puertas de la vida espiritual? El arte calma los deseos, decían los kantianos. Aparta el velo de la ilusión, descubriendo en nosotros, ante nuestra mirada interior, el mundo que gobierna las formas y arquetipos. El nirvana producido por el contacto profundo de nuestra alma supera los límites de toda circunstancia. Ya no hay miedo, ya no hay sufrimiento, solo entrega voluntaria a Su magnánima Voluntad. Es en ese instante de embriaguez cuando nace la entrega absoluta, la renuncia y el sacrificio en el altar monádico. No hay vida verdadera en la falsa, nos decía Adorno. Bienvenidos a la vida del alma, un alma construida con nuestra intensa mirada interior, un alma triunfante y viva, real.

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