Truskun Puskun


 

No puedo descifrar el verdadero significado de estas palabras. Digamos que es secreto. O digamos que es algo encriptado, oculto, irrelevante para quien no pueda entenderlo. Pero se convirtió en grito de guerra en el consejo de ancianos, donde llegamos cansados y del que nos fuimos aún más cansados tras días inolvidables. Llevábamos credenciales pero a la vuelta, viajé con el pijama de rayas, porque era lo único limpio que me quedaba. Como vivimos en un tiempo extraño, la policía me dejó pasar ante la ocurrencia, y en las gasolineras donde paraba para repostar, ni siquiera notaban mi peculiar vestimenta. Fue hermoso ver África justo en frente, a pesar de las durezas de los mensajes que iban llegando a cuenta gotas.

Así que diez años después, como si de un maleficio se tratara, vuelvo a perderlo todo. Propiedades, coches, dinero. Todo en un conjunto, como si la vida me quisiera enterrar por tercera vez en vida. Pero esta vez con una diferencia circunstancial: Truskun Puskun. Un gran desapego que viene de la experiencia y un dolor que observo con cierto grado de inofensividad, a pesar de que como ser humano pueda sufrir ante lo que se avecine, irremediablemente. Al menos recibí la noticia lejos, en un largo viaje, rodeado de gente bonita y de abrazos hermosos que me hicieron olvidar la agonía. Mientas unos se empeñan en destruir el mundo, y en ese mundo me incluyo como parte del derribo, otros nos empeñamos en construirlo, en intentar basar nuestras vidas en formatos que carguen la existencia de esperanza, de aliento, de sensatez. Así son las tres grandes fuerzas del universo. Unos destruyen, otros construyen y otros mantienen y conservan lo construido hasta que vuelven una y otra vez esos destructores inagotables.

A pesar de todo, en las horas bajas, siempre me viene el primer verso que aprendí con dureza en las clases de teatro. Era de Shakespeare y decía aquello tan molido de ¡Ser o no ser, esa es la cuestión! ¿Qué es más noble para el espíritu, sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna, o tomar armas contra un océano de calamidades y, haciéndoles frente, acabarlas? Morir… dormir: no más… Y si se advierte que con sólo dormir ponemos fin al pesar del corazón y a los mil naturales conflictos de los que la carne es heredera, tal extinción resulta digna de ser devotamente deseada. Morir… dormir; dormir… ¡tal vez soñar! Sí, he ahí el obstáculo…

Y, sin embargo, aún cuando mi pobre personalidad se revuelve, lo recuerdo todo de otra manera: ¿qué es más noble para el corazón, dar los golpes recibidos o aguantarse y resignarse hasta morir? ¡Vencer, sufrir! Por eso respiro hondo a cada paso, y en el retorno, observo como llega la tenue primavera, aún gélida, pero con algunas florecillas que ya van naciendo en los campos. Y eso reconforta, y suspiro, y expreso el Truskun Puskun que me alivia como si se tratara de algo bueno. Así que ahora seré más libre aún para enfrentarme al fatal destino, porque no teniendo nada, despojado de toda riqueza otra vez, de todo afán, de toda posesión, mi alma vagará más ligera, aún a pesar de tamaña injusticia y aún a pesar de tamaño descalabro. De tenerlo todo a no tener nada, y todo, de nuevo, por un desamor. ¡O cómo llamar a esa región de cuyos oscuros confines ningún noble viajero retorna!

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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