Los guerreros que miran hacia la oscuridad


The Return of the Crusader, de Carl Friedrich Lessing

Has vivido en todos los fracasos y en todas las pasiones. No estabas muerto, podías respirar cada silbido de vida que corría en cada una de las montañas escaladas, en cada uno de los abismos recorridos, algunos sin final, algunos siempre tan oscuros. Incluso allí podías gritar vida. Si estabas preparado y una vez en la cumbre volvías tu rostro cansado hacia la luz, permaneciendo dentro de su esplendor, quedabas cegado para los asuntos humanos y “volvías a casa”, desapareciendo en la estela, en el sendero iluminado, en el gran centro de absorción. Muchos deciden hollar este sendero y desaparecer para siempre. Misión cumplida.

Sin embargo, aquellos que han vivido en todos los fracasos y en todas las pasiones, y escalado todas las montañas, mirando hacia lo alto, han sentido compasión por sus hermanos, por los asuntos humanos, retornan. Han hollado el sendero de la luz, allá en la alta cumbre, pero, renunciando al mismo, han girado sus pasos en sentido opuesto, han dejado el pedestal de la luz y, vaciando sus vidas, han vuelto hacia la oscuridad, en dirección opuesta, como ángeles caídos del cielo y su luz.

Han trazado un camino de retorno, vuelven hacia la oscuridad cargados de luz fusionada en sus siete centros, transmitiendo e irradiando luz hacia el exterior. Amando a los que se encuentran aún en el sendero oscuro, sacrifican su camino y caen de nuevo a la tierra, compartiendo su esplendor, ahora reducido, con aquellos que huellan en el sendero de la oscuridad. Para ellos, los que aún viven en la oscuridad, ahora el camino ya no es tan sombrío, encuentran consuelo y amor en los que retornan con su armadura cansada, pero luminosa. Han sido acogidos por los guerreros que, volviendo de las altas cumbres, penetran en el miedo y la desolación ayudando entre tinieblas y buceando en la esperanza, el servicio, el amor. Caballeros de luz, armados de compasión, cabalgan fructuosos para apoyar al otro, para guiarlo hacia sus propias cumbres donde la luz, el amor y la esperanza resplandecen para todos.

Detrás de los guerreros, entre la luz y la oscuridad, sigue palpitando el anhelo, la superior obra, la balanza y el deseo de seguir hollando hacia nuevas cumbres. Unos eligen seguir adelante, los otros, aquellos que en la tradición budista son conocidos como los bodhisattvas, los guerreros de la compasión que se fortalecen mediante las virtudes o pāramitās, retornan al mundo para obrar el bien entre todos sus hermanos. Fe y esperanza, susurran una y otra vez. Fe y esperanza.

Es por eso que los guerreros de la compasión, en el intervalo superior de la luna llena, en lugares necesariamente secretos, silenciosos, apartados del mundo y sus tinieblas, se reúnen una vez al mes para recoger fuerzas, para atraer más luz a sus siete canales de actividad y así poder servir y ayudar con mayor fuerza. Luz, amor y voluntad al bien son las fuerzas que atraen en silencio, en profunda meditación. Cuando la luna está amplia y colmada, estrechan su vínculo con el propósito superior, entonando su canto, su anhelo de fusión de grupo:

“Soy uno con mis hermanos de grupo, y todo lo que tengo les pertenece. Que el amor que hay en mi alma, afluya a ellos. Que la fuerza que hay en mi, les eleve y ayude. Que los pensamientos que mi alma crea, les alcancen y animen.”

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