Construyendo el paisaje interior


 

“Siento que bulle y que se agita, lleno de ideas y de anhelos de un vivir nuevo y fecundo, transparente y amplio un mundo hermoso, bello y noble en mí”. Alejandro Urrutia Cabezón, en Amanecer

Hoy he tenido una bonita conversación con la que fue mi primer amor, mi primera novia, mi primera locura emocional. Han pasado casi treinta años de aquella hermosa aventura y ahora nos queremos como hermanos, nos amamos como seres luminiscentes que se encuentran y reencuentran en el cariño y la amistad. Por suerte, son más las exnovias con las que tengo ese tipo de relación que con aquellas de las que nunca más volví a saber de ellas. Eso me da cierta pena y tristeza, porque dos personas que alguna vez se amaron y compartieron lo más íntimo que se puede ofrecer al otro, deberían, a pesar de los corazones rotos, inevitables, amarse de igual manera con el tiempo, aunque fuera en amor silencioso. Nunca nadie nos enseñó a dejar de amar, al menos yo no sé hacerlo, por eso mis mejores amigas en este tiempo son aquellas con las que alguna vez compartí una relación estrecha. Eso me enorgullece y me hace vivir en un mundo fecundo, transparente y amplio. Algo bello y noble, un paisaje hermoso que merece conservar y ser transitado.

El fracaso asociado a las relaciones, ya sean estas relaciones personales, de pareja, de familia, de comunidad o incluso de grupo o nación están estrechamente vinculadas al fracaso de la construcción del paisaje interior de cada persona. El deterioro de todas las relaciones humanas nace de la deconstrucción del individuo, de la propaganda destructiva, de la información sesgada, de la falta de visión y empatía hacia el otro o lo otro, de la falta de abrazos interiores, primero hacia uno mismo y luego hacia los demás. La falta de generosidad hacia el otro es lo que nubla nuestras vidas. Sin embargo, cuando somos humildes y generosos con el otro, la vida se dibuja con otros contornos. Solo hay que ser valientes y reconocer ese amor, expresarlo y compartirlo, sin miedo, sin aspavientos.

Si vemos que la sociedad se autodestruye es precisamente por eso, por falta de paisaje interior, por falta de generosidad. Basamos toda nuestra vida en una planificación exterior que no tiene como base una profunda y arraigada estructura interior. Falla la base, la profundidad, los cimientos, y cuando eso ocurre y algo falla en esa obscena vivencia de lo exterior, todo se derrumba. No hay pilares interiores, fuertes y maduros, que sostengan aquello que creamos fuera.

Lo vemos estos días en las calles, en la política, en la economía. No existen lazos sociales, no existe construcción real de algo que suponga comprensión, apoyo, valores, empatía. Nos invaden los mensajes por doquier que glorifican y endiosan lo superficial, lo material, lo epidérmico. Pero nos faltan referentes interiores, nos faltan abanderados de la dignidad, guías de la raza humana que indiquen el camino de la colaboración, la franqueza, la escucha y el afecto. Alguien que nos guíe hacia lo bello, inclusive en los peores momentos.

Por eso ha sido un día hermoso. De alguna manera siento que bulle y se agita un poderoso nuevo mundo cada vez que ocurre este tipo de reencuentros hermosos. Poder hablar un buen rato con aquella mujer que una vez me robó el corazón ha sido balsámico, alentador, hermoso. La amo con respeto, en silencio, con cariño. Y también a su actual pareja, con la que lleva casi veinte años compartiendo su vida y con el que hemos pasado muy buenos ratos. Nos queremos, porque tras el fracaso bien recibido, puede florecer la belleza de un amor amplio, generoso, puro. Son esas hermosas relaciones que, a pesar de sus crisis, luego resucitan para embellecer nuestras vidas y mejorarlas. Son las lecciones aprendidas junto a ellas las que nos hacen crecer y maravillarnos ante la vida. Son ellas las que construyen con su generosidad un hermoso paisaje interior, una florida y hermosa primavera en nuestros ocultos jardines.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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