La inmortalidad de la patata


A Lola, madre y abuela.

Nunca lo habíamos hecho, pero la sugerencia nos pareció tan ocurrente que lo intentamos. A las cinco y media de la mañana caminábamos hacia la ermita. Encendimos la vela que este año, como todos los años, habíamos cambiado justo después de las doce campanadas. Nos sentamos en la incomodísima postura del loto, no apta para occidentales, más acostumbrados a la postura del rey Salomón. Nos abrigamos ante el frío invernal con las mantas e hicimos tres respiraciones profundas.

Ritualísticamente tocamos el gong tres veces. Para los profanos, es importante hacerles entender que son tres los toques, no uno, ni dos, ni cuatro. Son tres las luces que hay en todo templo, tres las columnas y tres los malletes que golpean con fuerza el tablero. El sonido es un lenguaje, y cada sonido tiene una razón de ser. Así que para meditar, mejor tres invocaciones con el cuenco tibetano. En la meditación se crea, y para crear, siempre hay que conocer el lenguaje creador. Dejando una suave pausa entre cada sonido, que como ola de mar, va penetrando el pequeño y poco iluminado recinto, nos preparamos para meditar sobre la frase simiente: la inmortalidad de la patata, inspirada por nuestra querida Lola.

Cuando se es misionero o constructor (estamos hablando de la compleja construcción de templos espirituales), siempre hay que guardar un diezmo para poder satisfacer nuestras pequeñas necesidades diarias, y dedicar, con gran tesón, un noventa por cierto de nuestro esfuerzo a la Gran Obra. Esto pocos lo entienden y menos aún pocos lo practican. Algunos invierten la fórmula, pensando que ofreciendo un diez por ciento de su riqueza podrán entrar fácilmente por la puerta estrecha que todo templo resguarda. Es aquí cuando entra en juego la inmortalidad de la patata y su inconexa relación con el relato de hoy.

No es la cosa en sí (la patata) y su orden cósmico predeterminado (su inmortalidad), lo que nos interesa. El fruto de la meditación de tres horas seguidas acompañada de una cuarta justo al atardecer, en el mismísimo momento del ocaso, tenía que ver más bien con la profundidad de la originalidad de su procedencia. ¿Por qué esa patata había entrado esta mañana tan especial en nuestras meditaciones?

La meditación cocreadora es de suma importancia. Un arquitecto no puede consumar su obra sin antes pensarla. Nadie hace nada en la vida si primero no lo ha soñado. Un beso, un hijo, una puesta de sol, un abrazo, una empresa, una cena. Todo ha pasado antes por el registro de nuestra mente, o de nuestros sueños, o de la mente o un sueño de un Creador. Si uno piensa o imagina una patata y la posibilidad de que se haga inmortal, está creando una posibilidad. No sabemos cuál de ellas. Podríamos decir que, por el solo hecho de meditar sobre ello o de escribir sobre ello, esa patata ya es inmortal. Es decir, el sueño produce el acto.

Aquí de nuevo entra en juego el diezmo del constructor, que ha podido imaginar hoy mismo en la posibilidad de enamorarse de una bella dama solo por el hecho de que esta le invitara a patatas fritas. ¿Qué relación puede haber en todo esto? La hay, pero para tener la conexión precisa es necesario tener la visión precisa, para tener visión es necesario silencio, para tener silencio es necesario concentración, y para tener concentración, es necesario meditar. Lo decía Patanjali hace dos mil trescientos años.

Seguramente bajo ese conocimiento, podemos entender la simplicidad de las cosas, y la necesaria indagación en todo aquello que pensamos o imaginamos. ¿A qué dedicamos nuestras vidas? ¿A qué dedicamos nuestros sueños? ¿A qué dedicamos nuestros esfuerzo, traducido en trabajo, tiempo y dinero? ¿Cuál es nuestro diezmo y cual nuestra entrega? Siendo la patata inmortal, deberíamos reflexionar seriamente sobre todo esto y de paso, y porqué no, enamorarnos de todo su espectacular mensaje. No es la patata en sí, es todo lo que encierra cualquier pensamiento simiente, cualquier meditación, cualquier sueño. Pero la cuestión es aún más compleja: ¿qué sueño queremos realmente vivir, el nuestro, siempre pequeño y ridículo, o el sueño del que nos Sueña? ¿Es la patata inmortal algo inconexo o pertenece, sin aún saberlo, a un oculto mensaje de nuestro Soñador? Soñemos en la patata inmortal… y veamos hacia donde nos conduce…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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