La perpetua adolescencia de las naciones y su destino


Las naciones tienen vida propia, pero también personalidad, carácter, ideales, doctrina, ambición egoísta o autoridad. También tienen un cuerpo al que llaman país o territorio y un alma al que llaman cultura. Hay naciones que tienen dentro de sí otras naciones, o hay territorios o países que albergan en su seno diferentes naciones, o diferentes personalidades. Hay naciones maduras y ancianas y otras adolescentes. Hay naciones sabias y otras ciegas. Hay naciones más devocionales y otras más intelectuales o ideológicas. Y hay un alma grupal en todas ellas que moviliza fuerzas y energías para su propia y particular evolución.

En la historia de todos los tiempos hemos visto diferentes versiones nacionales. Aquellas que nacieron mediante la aplicación de la violencia, la ambición egoísta y la autoridad. La mayoría de las naciones son fruto de batallas, guerras, conquistas y violencia. Aquellas otras que nacieron bajo ideas como el nazismo, el fascismo, el comunismo, el capitalismo o el socialismo. Suelen ser naciones donde lo prioritario son los Estados por encima de los individuos y los grupos que lo componen, los cuales pueden ser sacrificados para defender el llamado bien general. Luego, y aquí entran las naciones más desarrolladas, están las llamadas democracias modernas, donde, supuestamente gobierna el pueblo a partir de sus representantes. Los gobiernos, en condiciones de normalidad, una normalidad aún no alcanzada del todo, representan la voluntad del pueblo, de toda la nación.

En todo caso, las naciones, la mayoría de ellas, con o sin estado, viven en una perpetua edad adolescente, aún “marcando” territorio, deseando controlar la gobernabilidad o deseando anular las libertades en nombre del bien general o en nombre, últimamente muy recurrente, de la seguridad nacional. Esa adolescencia, esas luchas de egocentristas posiciones son el fundamento de las relaciones internacionales actuales. Pero esto no será así para siempre. La desintegración paulatina de las naciones está favoreciendo la implantación de un alto ideal, aún más intuido que razonado, sobre la unidad de toda la humanidad.

El futuro, siempre alentador, se encamina hacia un inevitable Estado mundial, un gobierno mundial dividido en secciones, en grupos, donde la división será tan solo algo del pasado, algo ilusorio. La madurez de las naciones nos llevará en un tiempo lejano a la muerte de las mismas, dejando paso a unas naciones unidas que velará por todos los pueblos en paz y consonancia, en libertad, igualdad y fraternidad. Y aún más lejano en el tiempo, mucho más lejano, llegará el gobierno de los sabios, de los maestros de la compasión, el gobierno añorado por aquellos que aman la belleza y la sabiduría por encima de todas las cosas. Un gobierno que no veremos en mil años, pero que, inevitablemente, será. Es así como se terminará con esta constante y cansina adolescencia perpetua de las naciones. Es así como los seres libres podrán disfrutar de todos los países, de todos los territorios, sin que nadie pueda decir este es mío o tuyo. Será el tiempo en el que no existirán fronteras, y los dogmas de la tribu, la construcción nacional, no se basará en mitos y leyendas del pasado, sino en vibrantes anhelos de fraternidad.

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