La cadena áurea y su linaje espiritual


Accolade, Edmund Blair Leighton

 

Las distorsiones de la personalidad ya no pueden confundirnos, ni atraparnos, ni doblegarnos. Ahora tenemos ya la confirmación, el anhelo, la fuerza que nace de la visión de nuestras almas liberadas. En medio de todo ese ruido, en mitad de las necesidades de la personalidad y sus diez mil pequeñas cosas, cada vez se hace más fuerte la llamada al servicio, el inequívoco reencuentro del linaje, de la estirpe de aquellos que sobrevivieron al primer diluvio y anduvieron hacia las tres direcciones señaladas, siempre hacia el Oriente, conquistando grandes montañas y resguardando el Secreto.

Ya nacen de nuevo esas pequeñas albercas, esas fuentes de agua viva, esos pozos de Jacob con ese hermoso encuentro entre tan diferentes realidades. Ya pueden de nuevo verse esos nacimientos de agua viva: el que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que Yo le daré se hará en él una fuente de agua que brote para vida eterna, dijo el avatar, el más grande entre los grandes.

Y ahora de nuevo volvemos a despertar, no solo en esta luna de acuario, sino en todas las siguientes lunas, las cuales nos harán recordar nuestro linaje solar, nuestra armadura y lanzas, nuestras batallas una y otra vez con escudos solares, promulgando aquí y allá el nacimiento, época tras época, del alimento que brota de manantiales y fuentes. A pesar de las distorsiones de este tiempo de oscuridad, muchas empiezan a reconocer dentro de sí esa ascendencia y ese tributo para resucitar la cadena áurea.

Los testigos del conocimiento original despiertan inevitablemente de nuevo, protegiendo el Aula de Sabiduría que nació del arcano colegio invisible de sabios. Los dragones se reencuentran, los caballeros empuñan de nuevo la espada y la rosa y los monjes-guerreros reconstruyen con sus manos los templos que otros derribaron. Los Pobres Compañeros crean de nuevo sus encomiendas. Los observantes y frailes menores retoman sus hábitos, aún tímidos, y remueven la tierra con sus manos buscando fruto. Los discípulos e iniciados dan muerte al buey y prosiguen sigilosamente los caminos alentando a unos y a otros, gritando en silencio para que despierten, más allá de dónde canta el gallo, el resto de obreros. La rosa se reencuentra una vez más con los ciclos de la cruz, y el hermético secreto vuelve a florecer entre los llamados hierofantes y sus gnósticos acompañantes.

Es la Gracia de los tiempos, la barakah revelada, la anunciación que a grito de alma hace resucitar a los dormidos, a los dolientes, a los que nunca olvidaron su verdadero linaje. Despiertan las luces nocturnas, los guías de las razas, las almas libres llegadas de todos los confines. Suenan de nuevo las trompetas y se alza la mirada a los cielos esperando la nueva revelación. Ejércitos de miríadas renacen, se reconocen y se ponen manos a la Obra, a la Gran Obra. Hay mucho por hacer, y pocas las manos. No hay tiempo que perder, los Tiempos lo reclaman. La cadena, una vez más, continua en su dorado amanecer. ¡Despertad! ¡Reconoceros! ¡Hollad los caminos juntos!

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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