La innegable capacidad destructora


“Pero existe algo que el tiempo no puede, a pesar de su innegable capacidad destructora, anular: y son los buenos recuerdos, los rostros del pasado, las horas en que uno ha sido feliz”. Julio Cortázar

Es de consejo apropiado alentar a los que atraviesan malos momentos, sobre la necesidad de reactivar las energías que desprenden sus cuerpos abatidos a base de paseos y carreras. Algo tan simple y aparentemente nimio, puede salvar vidas. Así que hoy, tras la tregua entre tempestad y borrasca, con día soleado, corríamos por la senda larga, aquella que atraviesa la antigua aldea, el bosque de los ancianos, el prado de las hadas y algún que otro rincón secreto entre abedules, castaños y fuertes robles. El agua corría por todas partes gracias a las fuertes lluvias, y aunque aún es invierno y hace frío, podíamos ver los primeros tímidos brotes verdes en las delgadas ramas que rozaban nuestros cuerpos.

Interiormente nos encontrábamos ante dos difíciles noticias. Ambas capaces de destronar al más fuerte de los reyes, al más astuto de los héroes y al más intrépido de los generales de cualquier batalla. Así que respirábamos profundamente, cerrando los ojos y atravesando la puerta estrecha de este momento con prudencia, en silencio, con lealtad a los propósitos que a este año habíamos ofrecido. Todo son enseñanzas, todo son ajustes, todo es necesario.

Minutos antes, mientras salíamos de la cabaña, observábamos despacio cada detalle del paisaje. Los patos, las gallinas, los árboles, la frondosa hierba… Un poco más arriba, los bosques, las montañas aún nevadas y el agua por todas partes. La innegable capacidad destructora del tiempo no había anulado la esperanza y la fe en poder conciliar todo lo que en este instante se había roto. Imaginábamos poder abrazar a los enemigos, a los que nos odiaron, a los que nos maldicen en las noches oscuras. Nos obligábamos a redimir todo aquello que había causado mal, y a mitigar en el futuro la fatiga del necesitado, del hambriento, del que, desconfiadamente, había situado el mal en un lugar equivocado.

En el paseo anocheció. El frío era compensado por la belleza que colmaba cada imagen, cada relato, cada paso dado. No ocurrió nada especial, excepto que llegamos al mismo punto de partida. Los patos y las gallinas esperaban que cerráramos las puertas. Volvimos a la cabaña, y solos, mi alma y yo mismo, cerramos los ojos para escuchar la travesía del tiempo, la escaramuza de las horas, el porvenir incierto, la flaqueza del pasado, los errores que aún deberemos cometer, y ese sin fin de relatos que nacen cuando el alma te arrastra a pasear y, con ese plural corporativo, no tienes más remedio que envejecer juntos.

Miramos las manos frías y agrietadas, el rostro cansado tras las siembras del último día menguante, el trabajo aún por hacer. Queda poca leña y algo de invierno. Aquella mujer nos salvó del frío, pero al mismo tiempo, nos llevó hasta la noche helada. La recordamos con cierta melancolía mientras cerramos las canillas al llanto, en la bruma nocturna, esperando aún inocentes el cándido aroma a hogar añorado que nunca fue. Nos sentamos en el sillón que llamamos de los buenos ratos, porque es ahí, junto al fuego, donde calentamos el trozo de vida merecedora. Y es ahí donde contemplamos el mundo desde un aleph borgiano diferente, desde una visión altanera, compacta, sensoria, escudriñando siempre el lejano horizonte, su infinito. Es ahí, en ese lugar, donde todo parece perecer, donde el mundo deja de girar y el universo entero se contempla entre suspiro y aliento. Es en la trémula noche de invierno cuando la esperanza equinoccial se presenta cada día más posible y soportable. Seguiremos, alma y ego, solos, apartados del mundo, sigilosos e invisibles. Seguiremos paseando porque es un consejo apropiado, una necesidad para reactivar la parte más etérica de nuestros cuerpos, esa que nos conecta con el principio vida a base de movimiento, ritmo y cadencia. Algo tan pequeño puede salvar vidas. Algo que nos lleva a los buenos momentos, a los rostros pasados, al punto en el que la leña se acumuló y las ausencias helaron esta estancia. Sí, seguiremos paseando, recordando las horas en las que por un instante, fuimos felices.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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2 comentarios sobre “La innegable capacidad destructora

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