«Respice post te, hominem te esse memento» (Mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un humano)


Vanitas (1636), de Antonio de Pereda, Museo de Historia del Arte de Viena

 

“Para cuidar de los demás y servir al cielo, lo mejor es la moderación. La moderación empieza con la renuncia a las ideas propias. Esto depende de la Virtud que se haya acumulado en el pasado. Si se tiene un acopio de Virtud, no hay nada imposible. Si no hay nada imposible, no hay límites”. Tao Te King

Memento mori (“recuerda que morirás”) es un recuerdo constante hacia la fugacidad de la vida, hacia lo temporal de nuestra existencia. Lo repetían los esclavos a los triunfadores romanos, especialmente al triunfante Marco Aurelio cuando desfilaba victorioso por las calles de Roma: “recuerda, solo eres un hombre, mira siempre hacia atrás”.

¡No hay nada nuevo bajo el sol! En los templos, uno se postra una y otra vez. En las primeras iniciaciones, el recipiendario se inclina en sus primeros pasos hacia el altar de consagración. No cabe la soberbia, no entra el orgullo, solo somos humanos, y solo el alma inmortal que nos habita puede ser consagrado en el verdadero templo, ese templo de piedras vivas. Recordar nuestras limitaciones nos arrodilla ante el altar de la existencia. La vanidad y el hinchazón de creernos por encima de las circunstancias a veces degrada nuestras vidas. La humildad siempre es la señera del triunfo espiritual. Una vida humilde en todas sus condiciones, en todas sus esferas. Es la humildad, y no la soberbia, la llave del triunfo espiritual. Es el silencio y no el ruido de las batallas mundanas el que nos elevará hacia el verdadero trono.

De nada sirve dedicar una vida a la punta de un iceberg cuando tienes la oportunidad de bucear en toda su profundidad… Más, si somos sabedores de que el verdadero poder radica en aquello que el derecho romano llamaba auctoritas, habremos entendido el meollo de la vida. No hay mayor poder que la sabiduría legitimada, la autoridad moral que deriva del respeto y el reconocimiento. Su contraparte, la potestas, nunca es un poder real, sino más bien un poder burócrata, temporal, limitado. Viene con un cargo, no con un reconocimiento. Cuando el cargo desaparece, también desaparece el aparente poder.

Un buen líder tiene auctoritas. La auctoritas permanece, la potestas es temporal y desaparece. El postestas logra la sumisión de otros mientras dura el cargo o rango adjudicado temporalmente por otros. El auctoritas conlleva el respeto que nace de su propia fortaleza, de su ejemplo, de su templanza en los momentos más difíciles. No es valiente el que tras un cargo o un rango temporal ejerce poder, sino el que, sin cargo y sin rango, ejerce poder sobre el resto. Pero un poder inclinado, silencioso, incluyente, justo. La verdadera autoridad, el verdadero poder nace siempre de la templanza, del amor, del interés real por el otro, de la humildad.

Por eso el camino de la moderación y la virtud serán siempre estrechos, más poderosos que cualquier otro que tenga que ver con la vanidad o la ambición. El poder radica en la fuerza que somos capaces de transmitir, en aquello que somos capaces de inspirar en el otro desde el amor y el respeto. Y esa fuerza proviene siempre de ese más allá que nace del centro de cualquier infinito. ¿Qué clase de virtud hemos acumulado en el pasado? Si se tiene un acopio de Virtud, no hay nada imposible. Si no hay nada imposible, no hay límites…

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