DOMANDO AL BUEY. Una visión de la iluminación budista


En los prados de este mundo, buscando al buey, sin descanso, voy apartando las altas hierbas. Siguiendo ríos sin nombre, perdido entre los confusos senderos de lejanas montañas, desesperado y exhausto, no puedo encontrar al buey. Oigo únicamente el canto nocturno de los grillos, en el bosque.

 

El pastor de bueyes busca, luego doma, monta y finalmente transciende a un obstinado buey. Esta parábola representa uno de los más importantes principios del Budismo Zen. Bellamente ilustrada en pinturas, esta famosa historia decora las paredes de los templos por toda Corea. Originalmente desarrollado por el maestro del budismo Zen (Son en coreano) en China durante la Dinastía Sung (960-1280) las series de pinturas de la Doma del buey (llamada shim-oo-do en coreano) usan la metáfora de un pastor de bueyes y un buey para ilustrar los estados del progreso espiritual hacia la budeidad o iluminación. Debido a la propagación de enseñanzas Zen, las versiones de la serie de pinturas abundan en Japón, a menudo con comentarios, algunos discursivos, algunos lacónicos, muchos en verso.

En la primera pintura de la serie, subtitulada La Búsqueda del Buey, el buey en sí mismo no se ve. En cambio, vemos un hombre, el pastor de bueyes, buscando en un amplio paisaje cubierto de bruma. Como la bruma sugiere, la visión del mundo del pastor es confusa y distorsionada. Confundido por sus sentidos, distraído por sus pasiones, ha perdido contacto con su verdadera naturaleza. En las palabras de un comentador clásico del siglo XII, el monje Zen Kakuan, de la escuela Rinzai: “El deseo por ganar y el miedo de perder queman como el fuego, las ideas de correcto y equivocado aúllan como un ejército”. Aunque no se de cuenta todavía, el objeto que busca el pastor de bueyes, que de algún modo siente que ha perdido o de que se ha sido separando, es su verdadera naturaleza. En las palabras de Kakuan: “El buey nunca se había perdido, así que, ¿cuál es el uso de buscarlo?” Nosotros no vemos al buey porque hemos caminado en dirección contraria a nuestra verdadera naturaleza.

Junto a la orilla del río, bajo los árboles, ¡descubro sus huellas! Incluso sobre la fragante hierba veo sus pisadas. Y en lo profundo de las remotas montañas también se las encuentra. Su rastro a nadie puede pasar desapercibido.

 

En la segunda pintura, Mirando las Huellas del Buey, el pastor encuentra las huellas. Está en la pista del buey. Por el estudio, la meditación y las experiencias ha llegado a entender algo: “Ahora él sabe que las cosas, a pesar de su multitud, son de una sola sustancia, que el mundo objetivo es un reflejo del yo mismo”. Aunque él no puede ver todavía al buey, conoce su presencia. Ha tenido una visión de su origen en su dolor y confusión, una intuición de que estos pueden ser transcendidos

En la enramada lejana, un ruiseñor canta alegre. El sol es cálido, la brisa suave, los sauces verdean a lo largo de la orilla del río. El buey está ahí, ¿cómo podría ocultarse? ¿Qué artista sabría dibujar esa espléndida cabeza, esa majestuosa cornamenta?

 

El buey hace su primera aparición en la tercera pintura, Viendo al Buey. No mucho en realidad, ya que está oculto en la espesura, solo se puede ver una parte de él: fundamentalmente marrón con algunas trazas de blanco, que dan una idea del aspecto simbólico del animal. “Cuando el ojo se dirige adecuadamente encontrará que no es otra cosa que él mismo”. Lo que el pastor de bueyes ha percibido, de acuerdo al comentario es que nada existe fuera de sí mismo. Reconociendo que no hay distinción entre sí mismo y el mundo, está en camino de disolver las confusiones nubladas del ego y percibir que no es una entidad individual y separada.

Lo atrapo tras una implacable lucha. Su ruda voluntad y su fuerza son inagotables. Y se lanza hacia la colina distante, tras las lejanas brumas. O se dirige hacia un barranco impenetrable.

 

El buey es capturado en la siguiente pintura, Cogiendo al Buey, pero no está todavía domado en su totalidad. Su color es crecientemente blanco, lo que indica una espiritualidad mayor, pero su naturaleza salvaje permanece sin gobierno. La pintura ilustra la lucha: la batalla por trascender el ego. El domador de bueyes ha alcanzado su propia agresiva naturaleza, dominada por los sentidos y está luchando por controlarla. En las charlas esotéricas de los monasterios zen, domar al buey siempre ha significado tratar de subyugar la propia naturaleza sin gobierno de cada uno. Esto, el objetivo esencial del ejercicio Zen, es algo que no es sencillo. Kakuan describe esta lucha en un verso: “Con la energía de toda su alma, al fin ha conseguido tomar al buey: Pero, ¡qué salvaje es su voluntad, ingobernable su poder!”

Necesito del látigo y la soga. De lo contrario podría escapar en los polvorientos caminos. Bien adiestrado, es de espíritu dócil. Entonces, sin dogal, obedece a su dueño.

 

La quinta pintura, Domando al Buey, continúa con el tema de la lucha espiritual por la trascendencia del ego. El buey aparece más dócil y su color blanco se ha extendido, pero la búsqueda por la iluminación no ha acabado; el pastor y el buey no son todavía uno. El comentario de Kakuan a esta pintura nos proporciona un discurso excepcionalmente claro sobre los objetivos y frustraciones del ejercicio espiritual del Budismo Zen: “Cuando un pensamiento se mueve, otro lo sigue, y luego otro hay de esta forma una cadena interminable de pensamientos. A través de la iluminación todo esto se vuelve verdad: pero la mentira se intentan afirmar cuando la confusión prevalece. Las cosas nos oprimen no porque son parte de un mundo objetivo, sino porque son parte de nuestra propia mente engañada. No dejemos que esta cuerda se libere, mantenedla firme y no te permitas indulgencias. Nunca te dejes a ti mismo separarte del látigo y de la traba para que el buey no vague en el mundo de la deshonra. Cuando está adecuadamente domado, crecerá puro y dócil. Incluso sin cadenas te seguirá fielmente”.

A lomos del buey, lentamente regreso a casa. El son de mi flauta llena la tarde. Marco con la mano la armonía que me acompaña, y dirijo el ritmo eterno. Quien oiga esta melodía me acompañará.

 

Y tal exitosa doma, con pureza y docilidad es ilustrada bellamente en la siguiente escena, Montando al Buey hacia Casa, con el pastor de bueyes tocando calmadamente una flauta, sentado encima del buey, ahora casi de un blanco inmaculado. “Sus ojos están fijos en cosas que no son de este mundo. Incluso si se le llama, él no torcerá su cabeza, aunque sea tentado, no regresará. Él es ahora uno de los que sabe, ¿es necesario decirlo?”. Esta es, sin duda, la más conocida de las pinturas del pastor de bueyes. El pastor bendecido, tocando la flauta sobre un buey casi blanco está entre los motivos más populares del arte inspirado en el Budismo coreano. Desde camisetas a ceremonias del té, la rendición del Montando el Buey hacia Casa tiene su lugar en todos los estratos de la cultura coreana.

Montado sobre el buey, vuelvo a mi hogar. Estoy sereno. El buey también puede descansar. El alba ha llegado. En este dulce reposo, en mi cabaña, dejo a un lado el látigo y la soga.

 

Pero el buey, desde luego, nunca fue real, como la siguiente pintura refleja, El Buey Transcendido/ El Pastor de Bueyes solo, que muestra al Pastor en una plácida soledad. “Montando en el Buey, por fin, ha llegado a casa. ¡Dónde! El buey no está más, y que serenamente se sienta en soledad”. Habiendo recuperado su verdadera naturaleza, esto es, la trascendencia de su ego, la percepción de su unidad con el mundo, el pastor de bueyes no necesita más al buey simbólico. “Lo que necesitas no es la trampa o la red, sino la liebre o el pescado” es como Kakuan lo señala. Otros comentaristas Zen citan al Sutra Surangam diciendo que las enseñanzas del Budismo son “como un dedo que señala la luna; una vez que la luna se ha visto, el dedo no es ya más de utilidad”. O, en una formulación budista moderna: “Cuando has entendido el mensaje, puedes colgar el teléfono”.

El látigo, la soga, uno mismo y el buey, todos, se funden en la Nada. Este cielo es tan vasto que ninguna palabra lo puede abarcar. ¿Podría un copo de nieve subsistir en el ardiente fuego? Aquí están presentes los vestigios de los antiguos maestros.

 

Y para el observador, que busca el significado de las pinturas, el pastor de bueyes, también es meramente simbólico. En un verdadero estado de iluminación, él no es más un individuo distinto al gran orden universal. De hecho, el universo en sí mismo es una unión infinita sin separación entre la mente y el sí mismo, sin ningún dualismo. De esta manera, en la siguiente pintura, El Buey y el Domador Transcendidos, no vemos al buey, ni al domador, no hay ningún elemento figurativo. En cambio, la pintura muestra un círculo vacío, el símbolo esencial del Zen de plenitud. Los maestros Zen Chinos han dicho que dibujar círculos en el aire con sus dedos es como un recuerdo del objetivo de su búsqueda espiritual, lo mismo que los cristianos hacen con el signo de la cruz. Este círculo vacío que todo lo contiene y todo lo transciende es la pintura final en las primeras versiones de la Doma del Buey, pero maestros posteriores, preocupados por el que la imagen pudiera favorecer un falso entendimiento de la iluminación budista como simple inactividad y vacío pasivo, sumaron a la serie otras pinturas para mostrar el retorno del pastor de bueyes al mundo. De esta manera, en muchas versiones la siguiente pintura muestra una escena de montañas, nubes y árboles sin sujetos animados.

Se han dado demasiados pasos para volver a la raíz y la fuente. ¡Más habría valido ser ciego y sordo desde el principio! El hogar en la más verdadera morada de uno mismo, indiferente a las cosas exteriores. Sin esfuerzo, fluyen las aguas del río y las flores son rojas.

 

Esta es seguida comúnmente por una pintura final En el Mundo, de un ser humano, presumiblemente el domador de bueyes, pero a menudo considerablemente transformado. En muchas versiones aparece como un monje ascético, meditando en la posición del loto en los altos de una montaña. Otras versiones ofrecen un retrato más mundano, sugiriendo una misión después de la iluminación para servir a otros y compartir los frutos del entendimiento: “Él se encuentra en compañía de comerciantes y carniceros; él y ellos, están todos convertidos en Budas”. Esto está en concordancia con el principio esencial del Budismo Mahayana: la iluminación individual no puede ser considerada completa mientras queden seres sufriendo en el mundo. De aquí que la idea del Bodhisattva que alcanza la iluminación, pero en vez de escapar al renacimiento, elige renacer de nuevo caminando en ayuda de otros seres vivos hasta que todos sean liberados.

Descalzo y con el pecho desnudo, me mezclo con la gente del mundo. Mi ropa está remendada y cubierta de polvo, y soy más dichoso que nunca. No uso magia para alargar mi vida, pero ahora, ante mí, los árboles marchitos se cubren de flores.

 

Describir el proceso de iluminación a los no iluminados es una tarea claramente complicada. Explicarlo con el lenguaje es, según la frase deliciosa de Sam Goldswyn: “en dos palabras: ¡imposible!”. La imaginería visual y metafórica puede trascender el lenguaje y llevarnos un poco más lejos, pero hasta un límite. Como un texto de la era Tang dice: “Esta materia no puede ser mostrada con la mente y no puede ser conseguida sin la mente; no se puede contar con palabras y no puede ser reflejada por el silencio”. De cualquier manera, las pinturas de la Doma del Buey en las paredes de los templos budistas coreanos, junto con su deliciosa capacidad evocativa, nos ofrecen intrigantes intuiciones al respecto.

Por David Kosofsky

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